Sigue la violencia en Haití. Las pandillas continúan llenando de muerte a ese hermano pueblo con el que compartimos la isla.
El pasado martes 25 de agosto hubo una masacre en donde murieron 47 personas, incluyendo 22 que estaban dentro de una iglesia.
La crisis social, política y económica por la que está atravesando Haití es tan profunda, que la Conferencia Episcopal Haitiana, en un mensaje de la pasada Cuaresma, la describe así:
“Durante demasiado tiempo, hemos experimentado un sufrimiento indescriptible, marcado por el horror de la violencia, la tiranía de los grupos armados y la indiferencia o la impotencia de quienes deberían garantizar la justicia y la paz. Como el pueblo de Israel que huye de la opresión de Egipto o que es asediado por naciones enemigas, vivimos en una época en la que el mal parece desatado, cuando la sangre de inocentes clama al cielo”.
“La magnitud del mal que nos ha golpeado exige un profundo examen de conciencia. Aquellos que destruyen vidas y matan los sueños de tantas familias han perdido toda noción del bien y del mal. Pero su existencia es también el reflejo de una sociedad enferma, minada por la injusticia, la corrupción y la pobreza”.
“¿Qué podemos decir del acto atroz de arrancar violentamente a un niño de las manos de su madre y arrojarlo a las llamas ante los ojos horrorizados de esa pobre madre? Los autores de tales atrocidades deben ser llevados ante la justicia y castigados sin demora”.
Haití necesita la solidaridad internacional, ya no cabe más indiferencia frente a tantos riesgos de muerte. La historia nos preguntará qué hicimos para que Haití viva.




