Pbro. Carlos Manuel Santana Reyes

Primera parte

El calor intenso que, desde las primeras horas, envolvía la mañana luminosa del pasado 15 de agosto, no fue impedimento para que las Siervas de María celebraran con una solemne Eucaristía el 175 aniversario de su fundación, en la capilla de su convento en Santiago de los Caballeros. El eco jubiloso de los cantos se entretejió con las notas del órgano y el fervor de los fieles, precisamente a los pies del Monumento a los Héroes de la Restauración, cuyos blancos mármoles se elevan como centinela, de la ciudad que lleva por nombre el del Apóstol, patrono de aquellas tierras, que un 15 de agosto de 1851 vieron nacer el Instituto soñado por santa María Soledad Torres Acosta.

La Santa Misa estuvo presidida por Mons. Héctor Rafael Rodríguez, Arzobispo Metropolitano de Santiago, acompañado por el obispo auxiliar emérito, Mons. Valentín Reynoso, y los presbíteros Rainer Vásquez, Elvin Torres y Pablo Ariel López, junto a un servidor, en el soporte musical.

La capilla, colmada por religiosas de diversas comunidades, familiares, bienhechores y amigos, fue un testimonio vivo de la hospitalidad santiaguera y del respaldo que la sociedad civil brinda a quienes han hecho del cuidado al enfermo su razón de ser.

Un encuentro de identidades: laboriosidad y servicio

Para nadie es un secreto que el santiaguero se caracteriza por su laboriosidad y espíritu de superación, valores que han dado al país desde presidentes e intelectuales hasta astros del deporte y prodigios musicales. 

Ese mismo espíritu se refleja en las Siervas de María quienes, desde su llegada a Santiago en 1958, han hecho de la labor silenciosa su estandarte. 

Cuidan al enfermo en la intimidad del hogar, con la misma dedicación con la que el artesano cibaeño trabaja el tabaco o el artista eleva nuestra música típica. Esta mística del servicio, que armoniza la identidad de la región con el mandato del Evangelio, alcanzó su punto culminante frente al altar. 

Durante la misa, las Hermanas renovaron sus votos, reafirmando su misión de ser “familia para el que está solo en su dolor”. 

Al igual que el Monumento que las custodia, su misión se mantiene firme como símbolo de dignidad y entrega. La solemnidad de los ritos sagrados y la profundidad de la fe compartida en el altar encontraron su extensión natural en la calidez de la comunidad que las rodea. 

Tras la Eucaristía, esta atmósfera de gratitud se trasladó al patio interno del convento, donde la solemnidad cedió el paso a la alegría del encuentro. 

En este espacio de serenidad, a la sombra de los mismos muros que custodian su entrega diaria, las religiosas, el clero y los fieles compartieron un brindis fraterno.