William Arias
(Hace un año publiqué este artículo en este lugar, y quiero repetirlo, pues la situación sigue igual o peor, a tal punto que hay algunos que se creen o se quieren presentar como líderes, y son los fomentadores de esta situación).
Siempre han existido las malas palabras, pero lamentablemente en estos días, estamos asistiendo a una especie de universalización lingüística dominicana, en la cual las obscenidades reinan más que los términos edificantes, sabios y buenos. Ante cualquier situación escuchamos, como dice la gente: “unos cachos de dichos” o fuertes malas palabras, como si esto fuese lo normal del lenguaje y lo propio de hombres y mujeres racionales, que tal parece no han avanzado en el campo de la evolución humana.
Lo triste del caso y agravante de la situación, es que tal lenguaje se ha hecho prolijo a través de los medios de comunicación y las redes sociales, donde los protagonistas y partícipes de estos medios, hablan con tal desparpajo y sin ningún miramiento a la hora de “adornar” lo que dicen, con palabras propias de la peor calaña.
Súmele a esto la nueva música, si es que se le puede llamar música, o ritmos urbanos, donde la denigración en base al uso de las más abominables palabras, es lo propio de las letras de dichas composiciones.
Algunos dicen que todo eso es fruto de la nueva cultura urbana y barrial de los nuevos tiempos, que son expresiones muy propias de nuestros barrios y ciudades: no comparto dicho criterio, y sería una excusa muy vacía, pues en ello lo que hay es una gran falta de educación, sobre todo de la hogareña.
Muchos somos herederos de esa educación del hogar, donde el pronunciar una mala palabra llevaba el consiguiente castigo de un bofetón en la boca, con su posterior sangrado y escupitajo con algún diente, algo que no se olvidaba y se convertía en una especie de “chip” que se activaba a la hora de intentar uno decir luego una palabrota.
Las palabras no son solo lanzadas al aire y se las lleva el viento, ellas dicen mucho de nosotros, de lo que somos y de la educación y cuidado nuestro.
Lo primero que Dios creó fue la palabra (Gen 1,3 y Jn 1,1), un maravilloso don que nos dio, para que uno no lo desperdicie, diciendo tonterías y malas palabras.
En la 2da. Carta a Timoteo el apóstol exhorta a que la norma de nuestro hablar sea con palabras sanas (1,13), invita a evitar las palabras que no sirven para nada, que hacen perder a los que las oyen, y qué decir de los que la dicen (2,14).
En la 1a. Carta de Pedro se dice que hay que guardar la lengua del mal y los labios de las palabras engañosas (3,10), y en la 2da. Carta de Pedro se habla de las palabras altisonantes y vacías, pues si Dios nos ha dado la gracia y el poder de comunicarnos a través de la palabra sana y edificante, de ahí de lo inapropiado de que nuestro lenguaje se ensucie y distorsione con palabras que no nos competen, ni deben ser asiduas en nuestro vocabulario.
No hay por qué ofender y escandalizar con las malas palabras que escuchamos a diario en la calle, en ciertos lugares y en los medios, como si eso fuese lo normal, común y propio al comunicarnos hoy día.
La maldad o lo inapropiado no debe ser lo de uso continuo en nosotros, ni en nuestro pueblo. Hay que educar en el hablar, en el dirigirnos a los demás por medio de las palabras, debemos frenar nuestros labios si nos sentimos tentados a pronunciar una mala palabra, cambiémosla por buenas y santas palabras que ayuden, que bendigan y que prodiguen lo bueno para los otros y hagan presente a Dios, no palabras que desdicen de nosotros como dominicanos y que nos alejan del mismo Dios y de nuestros hermanos.




