María Fiordaliza Nuñez Valerio

Directora de la Escuela de Derecho de UCATECI

Primera parte

Hay algo que todos deberíamos recordar: nunca debemos dejar de tener una ilusión, una ilusión que nos despierte cada mañana con deseos de levantarnos, de seguir, de esperar, de construir y, sobre todo, de vivir. Es algo que suelo expresar con mucho cariño a mi amada familia y a mis amigos, porque estoy convencida de que todos necesitamos llevar en el corazón una razón que nos impulse a seguir adelante y a mirar la vida con esperanza.

No me refiero necesariamente a una gran meta ni a algo extraordinario. A veces, una ilusión puede ser tan sencilla como esperar un encuentro, planificar un viaje, compartir con quienes amamos, ver crecer a nuestros hijos, alcanzar un sueño pendiente, aprender algo nuevo o simplemente saber que mañana tendremos una nueva oportunidad.

La ilusión puede estar dentro de nosotros, pero también podemos encontrarla a nuestro alrededor: en nuestra familia, en nuestros amigos, en el trabajo que realizamos, en los proyectos que soñamos y hasta en esas pequeñas cosas que muchas veces damos por sentadas. Lo importante es descubrir aquello que nos motiva, nos mueve y nos hace sentir que todavía hay mucho por hacer, por conocer, por disfrutar y por vivir. Porque la vida necesita esperanza, y muchas veces la esperanza nace de una ilusión.

A veces, son las cosas buenas que nos suceden las que nos recuerdan cuánto necesitamos conservar nuestras ilusiones. Hay momentos que nos enseñan que vale la pena esperar, agradecer, disfrutar y guardar en el corazón aquello que nos hace felices.

También necesitamos aprender a disfrutar el momento. A veces estamos tan pendientes de lo que viene que olvidamos vivir lo que tenemos delante. Y es precisamente en esos instantes cotidianos donde se construyen los recuerdos que algún día nos harán sonreír, porque recordar es vivir.

Es volver a esos lugares, a esas conversaciones, a esas personas y a esas emociones que alguna vez nos hicieron felices. Por eso debemos crear recuerdos, porque cuando el tiempo pase, serán parte de nuestra historia y una hermosa manera de volver a sentir la vida.

Y quiero insistir en algo: tener una ilusión no significa vivir de pensamientos pasajeros, deseos momentáneos o sueños sin fundamento. Una verdadera ilusión es mucho más que eso. Es querer hacer, querer ver, querer compartir, querer aprender, querer alcanzar y, sobre todo, querer vivir.

Es mirar hacia adelante y sentir que todavía tenemos razones para emocionarnos.

Claro que la vida no siempre nos dará exactamente aquello que esperamos. Habrá momentos difíciles, pérdidas, decepciones y días en los que nos costará encontrar motivos para sonreír. Pero incluso en esos momentos debemos procurar conservar dentro de nosotros esa pequeña luz que nos recuerde que todavía hay camino por recorrer.

Porque mientras tengamos una ilusión, tendremos esperanza. Y mientras exista esperanza, siempre habrá una razón para levantarnos y seguir.

Continuará…