Padre Javier Báez
En momentos de crisis o ante la fuerza de un terremoto, es común escuchar voces que intentan utilizar el miedo para mover conciencias. Se apresuran a señalar las catástrofes como “castigos divinos” o señales de terror para forzar un arrepentimiento.
Sin embargo, como pastores y creyentes, estamos llamados a anunciar el Evangelio, que es Buena Nueva, no una amenaza. La misma Sagrada Escritura nos enseña a no buscar a Dios en el terror de los elementos.
En el libro de los Reyes encontramos una verdad eterna: “Se produjo un viento fuerte y violento, que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante el Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Y después del fuego, el susurro de una brisa suave…” 1 Reyes 19, 11-12.
La naturaleza sigue su curso
La Tierra que habitamos es una creación viva. Los terremotos no son manifestaciones de la ira de Dios, sino el resultado natural del movimiento de las placas tectónicas; reglas físicas y geológicas que sostienen nuestro planeta. La naturaleza no castiga; la naturaleza simplemente sigue el orden de su creación.
El verdadero problema no está en el temblor de la tierra, sino en la fragilidad de nuestras propias estructuras. Está en cómo construimos los espacios donde habitamos, en la falta de previsión y, muchas veces, en las desigualdades sociales que hacen que los más vulnerables sufran los peores impactos. La responsabilidad de proteger la vida es nuestra.
Nuestra Misión: Orar y Acompañar
Si Dios no está en el terremoto para infundir terror, ¿dónde lo encontramos hoy? Lo encontramos en esa ”brisa suave” que se traduce en el consuelo, el orden y la solidaridad humana. Atizar el miedo ante el sufrimiento ajeno no edifica; al contrario, desesperanza. El Dios en el que creemos no se manifiesta en el cataclismo para doblegarnos, sino en la mano tendida que levanta al caído después de la tormenta.
Ante la fragilidad humana y los desafíos de la creación, la Iglesia no está para señalar con el dedo, sino para abrir los brazos. Nuestra misión ante la catástrofe se resume en dos acciones fundamentales: Orar y Acompañar.
No caigamos en la tentación de predicar un Dios de terror. Seamos, en cambio, reflejo de su amor perfecto, ese que, como nos recuerda san Juan, «echa fuera todo temor» (1 Jn 4, 18).
Ante la fuerza de la naturaleza, respondamos con la fuerza de la fe, la prudencia y la caridad.




