Los Ángeles custodian nuestra identidad

0
6

Padre Jimmy Drabczak

Cuando nace un niño, las primeras preguntas suelen ser las mismas: ¿A quién se parece? ¿Cómo se llamará? ¿Qué llegará a ser cuando crezca? Pocas personas hacen la pregunta más importante: ¿Para qué lo habrá creado Dios?

Esa fue precisamente la inquietud de los vecinos el día del nacimiento de San Juan Bautista. El Evangelio nos dice que, después de conocer todo lo sucedido, se preguntaban: «¿Qué será de este niño?» (Lc 1,66). No era una simple curiosidad. 

En la tradición bíblica, el nombre expresaba una misión. Por eso sorprendió que no llevara el nombre de su padre. Dios mismo había elegido que se llamara Juan, que significa: «Dios ha tenido misericordia». Desde su nacimiento, su vida estaba orientada a preparar el camino del Mesías.

También nosotros hemos sido creados para una misión. Ninguna vida es fruto del azar. Antes de que nuestros padres pensaran en un nombre, Dios ya había pensado en nosotros y había soñado un camino para nuestra existencia.

Aquí descubrimos una hermosa enseñanza sobre los santos ángeles. La Iglesia nos recuerda que Dios confía a cada persona un Ángel de la Guarda. Su misión no consiste únicamente en librarnos de peligros o accidentes. Su misión es acompañarnos y protegernos para que podamos responder fielmente a la vocación que Dios nos ha confiado.

No es casualidad que los nombres de los arcángeles también expresen una misión. Miguel significa: «¿Quién como Dios?»; Gabriel, «Fortaleza de Dios»; Rafael, «Dios sana». En el cielo, el nombre nunca es un adorno. Siempre revela un servicio confiado por Dios.

Quizá por eso hoy conviene hacernos una pregunta diferente. Más importante que saber qué profesión tendremos o cuánto dinero podremos ganar, es descubrir para qué hemos venido a este mundo.

El éxito no consiste en acumular riquezas ni en alcanzar prestigio. El verdadero éxito es responder con fidelidad al llamado de Dios.

Los padres desempeñan aquí una misión insustituible. No basta con alimentar, vestir o educar a un hijo. Es necesario ayudarle a descubrir el sentido de su vida. Y esa enseñanza comienza mucho antes de las palabras. Un niño aprende viendo a sus padres rezar, perdonar, servir y amar. El primer catecismo no suele ser un libro; es el testimonio de la familia.

San Juan Bautista descubrió desde muy joven para qué había nacido y dedicó toda su vida a cumplir esa misión. También nosotros estamos llamados a hacerlo. Nuestro Ángel de la Guarda camina a nuestro lado para recordarnos, muchas veces en el silencio del corazón, que Dios espera algo grande de cada uno. Porque el mayor fracaso de una persona no es morir joven ni tener pocos bienes. El verdadero fracaso es pasar por este mundo sin descubrir para qué Dios la creó.

Ángel de mi Guarda, ayúdame a descubrir cada día la misión que Dios ha confiado a mi vida. Ilumina mis pensamientos, fortalece mi corazón y no permitas que me aparte del camino del Señor. Acompáñame siempre para que, como San Juan Bautista, pueda cumplir con fidelidad la vocación para la que fui creado. Amén.