Mons. Hugo Eduardo Polanco Brito: Filántropo, gran mediador y emprendedor eclesiástico

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Monseñor Jesús Castro Marte

Obispo de la Diócesis Nuestra Señora de la Altagracia 

Tercera parte

Obispo que le salvó la vida a Claudio Caamaño

La noche del 2 de febrero de 1973 está marcada en las páginas de la historia como el día en que el coronel de abril, Francisco Alberto Caamaño Deñó, desembarcó junto a su reducido grupo en Playa Caracoles, Provincia de Azua, a escasos metros de la carretera que lleva al Sur profundo de la República Dominicana. 

Nueve hombres desembarcaron del Blackjack, la pequeña embarcación en la que hicieron el periplo por el mar Caribe hasta la bahía de Ocoa: Hamlet Hermann Pérez, Alfredo Pérez Vargas, Claudio Caamaño Grullón, Ramón Euclides Holguín Marte, Juan Ramón Payero Ulloa, Toribio Peña Jáquez, Mario Nelson Galán Durán, Heberto Giordano Lalane José, y Francisco Alberto Caamaño Deñó, líder de la expedición y símbolo patriótico de la Revolución de abril de 1965. Estos jóvenes venían con la misión de derrocar el gobierno constitucional del presidente DR. JOAQUIN BALAGUER.

De este episodio histórico sobrevivieron dos personas: Claudio Caamaño Grullón y Hamlet Hermann Pérez.

El caso de Claudio Caamaño Grullón fue un acontecimiento excepcional, después de pasar muchas vicisitudes logró, a través de una persona amiga, obtener una comunicación con Monseñor Hugo Eduardo Polanco Brito, el cual se encontraba en ese momento en el funeral de la madre de Joaquín Balaguer y en ese momento Monseñor Polanco Brito, tuvo contacto personal en dicho lugar con el Embajador de México, a la sazón, el cual le concedió asilo político para el guerrillero Claudio Caamaño. Fue entonces que fruto de esa gestión diplomática, Monseñor Polanco Brito fue en su propio vehículo y llevó al guerrillero Claudio Caamaño a la Embajada de México, salvándole la vida.  

Obispo que no quiso ser presidente de la República 

La fe ha de reflejarse en las obras, como las sanas raíces en que la hermosura aromática de la flor y la pulpa jugosa del fruto, la fuente de la jurisdicción eclesiástica, nace y se derrama desde la silla de Pedro, reafirmándose el principio de unidad y la cohesión.

Según el testimonio encontrado en el archivo privado de monseñor Hugo Eduardo Polanco Brito. Dice lo siguiente: Era el año 1965, tiempo en el cual viví tiempos difíciles y de prueba espiritual. Recuerdo que un oficial de alto mando militar de Washington, me invitó a sostener una conversación en un helicóptero, por un espacio de 45 minutos, sobrevolando el espacio aéreo dominicano. Dentro de esa conversación el alto oficial norteamericano me habló del peligro del comunismo para la República Dominicana.

Me dijo: Usted forma parte de una lista de hombres presidenciables, para elegir un presidente interino, dentro de los cuales están: Antonio Guzmán, Salvador Jorge Blanco, Héctor García Godoy – Cáceres, Hugo Eduardo Polanco Brito y Juan Santos Santoni Vivini.

Y me dijo: En la Casa Blanca quieren que usted sea el Presidente de la República Dominicana, y yo le respondí rápidamente. “Yo elegí en mi vida ser Sacerdote para servirle a Dios y a mi pueblo… Yo no elegí ser político. “No acepto esa propuesta”, y así terminó esa conversación.

El arzobispo coadjutor de Santo Domingo y la celada del destino

Caminando sobre el lomo del dromedario de mis ideales, por esos desolados desiertos de la vida.

Decía Johan W. Goethe: “Es gran virtud del hombre oír todo lo que censuran contra él para corregir lo que sea verdad y no alterarse por lo que sea mentira”. Vivimos en una sociedad que sufre el peso de la sociología del deterioro y de actores bipolares.

El tiempo todo lo cura y lo muda. El paso efímero de Hugo Eduardo Polanco Brito como arzobispo coadjutor de Santo Domingo, desde el 20 de enero del año 1970 hasta el 12 de mayo de 1975. Fue un escenario lleno de olas embravecidas por el azote de vientos incontrolables de tensión, insidia y la conjura de un tiempo en que se vivía el efecto del Yom Kippur, en la década de la guerra fría y el relámpago de Watergate.

Fruto del infortunio de esa época, un hombre no puede ser juzgado por acontecimientos impredecibles. Los hombres que dan su vida por su pueblo no pueden ser juzgados cuando el racimo de la envidia quiere apagar la luz que enciende su espíritu, dijo el Gran Américo Lugo.