Mons. Ramón Alfredo de la Cruz Baldera

Obispo de San Francisco de Macorís.

Tras conmemorar la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús —esa fuente inagotable de vida que emana de su costado abierto—, hoy nos consagramos al Inmaculado Corazón de María. Dos corazones: el del Hijo y el de la Madre,  que se entrelazan para custodiar nuestra fe y el misterio de la salvación. En la atmósfera de este cenáculo, resuena la llamada apremiante del Padre: «Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo».

En el marco de la reciente Jornada por la Santificación Sacerdotal, el mensaje enviado por el Santo Padre León XIV a los presbíteros cobra un sentido especial, fundiéndose con la esencia de este encuentro nacional.

Desde la profundidad del misterio, el Papa nos exhorta a buscar una santidad integradora. Retomando a San Agustín, nos previene contra la oscuridad del aislamiento, pues el pastor que camina en soledad se vuelve vulnerable. ¡Ay del sacerdote que camina solo! Porque si cae, no tendrá quien lo levante. Pero ¡bendito el Cenáculo que nos congrega!, porque aquí la fraternidad rasga las tinieblas y mantiene viva la caridad. 

El Santo Padre nos desvela que el sacerdocio, como decía el humilde Cura de Ars, es el amor mismo del Corazón de Jesús. Un amor que es éxtasis, que es salida heróica, que es entrega absoluta y vulnerable. Y nos consuela con una promesa eterna: si entregamos nuestro barro, si ofrecemos nuestro cansancio en el altar, ¡nada, absolutamente nada de nuestra vida se perderá. 

I. La paradoja sagrada: barro que contiene el Infinito

Al contemplar el inmaculado corazón de María se despiertan en nuestros corazones muchas preguntas:

¿Cómo atreverse a hablar de santidad entre nosotros, que reconocemos nuestras propias debilidades? Nuestra vida sacerdotal es el escenario de una paradoja sublime: somos, en verdad, vasijas de barro. Sí, llevamos el tesoro de la gracia en manos temblorosas, marcadas por el cansancio del camino y, a veces, por el peso de nuestras propias heridas.

Pero, hermanos, ¡no temamos! La santidad no es una hazaña de titanes ni un programa de perfección fría. La santidad es un «abandono confiado». Es permitir que el Espíritu Santo moldee nuestro barro a la medida del Corazón de Cristo. Cuando el sacerdote se deja transformar, su ministerio deja de ser una carga para convertirse en un «desbordamiento de amor». En un mundo sumido en la oscuridad de las divisiones y el miedo, el sacerdote, al ser un «corazón reconciliado», se convierte en el perfume vivo de la presencia de Dios.

II. María: el Arca de la Alianza y nuestra Madre

Al contemplar hoy las Escrituras, nuestra mirada se eleva hacia Ella: la Mujer vestida de sol, coronada de estrellas. María, el Arca de la nueva alianza, no es una figura lejana, sino la Madre que nos sostiene al pie de la cruz.

● Madre del Eterno Sacerdote: Ella, que conservó el misterio del Hijo en su corazón, nos enseña a nosotros el arte de la contemplación. Nos invita a que el Sagrado Corazón de Jesús no sea una imagen, sino el latido mismo de nuestra alma.

● Nuestro refugio seguro: Cuando Jesús, en el Evangelio, nos dice: «Ahí tienes a tu madre», nos está entregando el tesoro más grande de su amor. María es el camino seguro para que, en medio de las tormentas, nuestro corazón sacerdotal no se apague, sino que se mantenga encendido en la caridad.

No podemos ser santos en soledad; el aislamiento es el sepulcro de la vocación. Por ello, elevo hoy una oración de profunda gratitud al Movimiento Sacerdotal Mariano. Gracias por ser este cenáculo vivo donde nos reunimos para sostenernos, para escucharnos y para renovar nuestra entrega. Gracias por convocarnos a esta mesa donde el Pan de la Palabra y la presencia de la Madre nos devuelven el entusiasmo del primer día.

Que el Señor nos conceda la gracia de ser, hoy y siempre, pastores según su Corazón: hombres y mujeres de paz, de unidad, y de un amor que, como diría el Papa, es éxtasis, es salida y es encuentro. Amén.