El pueblo dominicano entre luchas y agonías

0
10

Una mirada teológica en el camino hacia la Semana Santa

Mons. Jesús Castro Marte

Obispo de Nuestra Señora de La Altagracia

“Patria significa más que un territorio; abarca la gente, los derechos y los sueños. Honrar la patria implica luchar por un país donde cada dominicano disponga de comida, techo, salud y la libertad para desarrollarse” – Federico Henríquez y Carvajal.

1. El drama espiritual de un pueblo

Todo pueblo vive una historia que es al mismo tiempo historia humana e historia de salvación. En esa historia se entrelazan las virtudes, las esperanzas, los pecados y las luchas de los hombres.

El pueblo dominicano no escapa a esta condición. Nuestra sociedad es fruto de una mezcla de culturas, tradiciones y visiones del mundo. Pero también es un pueblo que, muchas veces, vive atrapado entre la esperanza del Evangelio y las tentaciones del conformismo.

Cuando una sociedad comienza a confiar más en la suerte que en el trabajo, más en el azar que en la responsabilidad, se produce un fenómeno que los teólogos llaman deformación de la esperanza. La esperanza cristiana se transforma entonces en fatalismo, superstición o resignación. El hombre deja de verse como colaborador de Dios en la construcción del mundo y se convierte en un simple espectador de su propio destino.

2. La dignidad del trabajo según la visión cristiana

La tradición cristiana siempre ha enseñado que el trabajo no es una carga vergonzosa, sino una participación en la obra creadora de Dios. Desde el Génesis, el ser humano recibe una misión clara: cultivar y cuidar la tierra. Por eso, cuando una sociedad pierde la cultura del esfuerzo, la educación y la responsabilidad, se debilita también su estructura moral y espiritual.

La pobreza no sólo se produce por la falta de recursos; muchas veces nace también de la falta de formación, de disciplina social y de una cultura del bien común. Cuando el clientelismo político sustituye la responsabilidad ciudadana, el voto deja de ser un acto de conciencia y se transforma en una mercancía. Entonces la democracia se corrompe y el pueblo se vuelve rehén de sus propios dirigentes.

3. El pecado social y la injusticia estructural

La teología contemporánea habla de pecados sociales, es decir, estructuras que generan injusticia, desigualdad y exclusión. Cuando una nación tolera corrupción política, explotación económica, desigualdades escandalosas y abandono de los pobres, no se trata sólo de fallas administrativas, sino de heridas morales en el cuerpo de la sociedad.

Resulta doloroso observar cómo en algunas regiones del país conviven el lujo del turismo internacional y la pobreza de comunidades que apenas sobreviven. Esta contradicción interpela la conciencia cristiana. La riqueza, en la visión bíblica, nunca es absoluta propiedad, sino administración temporal de los bienes de Dios.