Padre Jimmy Drabczak

Cuando pensamos en los ángeles, a menudo los imaginamos como figuras lejanas o decorativas, casi infantiles. Sin embargo, la fe de la Iglesia nos revela algo mucho más profundo: no son adornos del cielo, sino servidores de Dios y compañeros reales del hombre en el camino de la salvación, especialmente en los momentos más difíciles y oscuros de la vida.

El Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 328–336) enseña que están presentes en toda la historia de la salvación: protegen, acompañan y sostienen a los creyentes. No sólo comparten nuestras alegrías, sino que se hacen particularmente cercanos en el sufrimiento, en la fragilidad y en la enfermedad. Esta verdad cambia nuestra manera de mirar el dolor y nos ayuda a descubrir que nunca estamos abandonados.

El Evangelio nos ofrece una imagen conmovedora. En Getsemaní, cuando Jesús vive la hora más angustiosa de su vida, “se le apareció un ángel del cielo que lo confortaba” (Lc 22,43). Jesús tiembla, suda sangre, experimenta miedo. El Padre no elimina la cruz, pero envía un ángel para fortalecerlo.

Aquí hay una gran lección espiritual: Dios no siempre quita el sufrimiento, pero jamás nos deja solos bajo la cruz. El ángel no sustituye el dolor; lo acompaña, lo sostiene desde dentro. Así también sucede con nosotros. Los ángeles actúan en silencio. No buscan protagonismo ni hacen ruido. Sirven con discreción. Y esta actitud es su primera enseñanza para quien sufre. 

Cuando llega la enfermedad, queremos respuestas inmediatas: “¿Por qué yo?”. “¿Por qué ahora?”. Pero los ángeles nos invitan a otra postura más madura: permanecer fieles, incluso sin entender. Ellos viven totalmente confiados en la voluntad de Dios. Esa confianza, humilde y constante, se convierte en medicina para el alma.

San Juan Pablo II, en Salvifici Doloris, explica que el sufrimiento unido a Cristo participa misteriosamente en la obra redentora. No es castigo ni fracaso, sino comunión. Los ángeles nos ayudan a descubrir esta dimensión escondida. Cuando alguien enferma puede pensar: “Dios se olvidó de mí”. Sin embargo, la fe proclama lo contrario: nunca estamos más acompañados por el cielo que cuando somos más frágiles.

El Catecismo lo afirma con ternura: “Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida” (CEC 336). En el hospital, en la cama, en la noche larga del dolor o en la soledad de una habitación, no estamos solos. Hay un mensajero de Dios velando por nosotros, sosteniendo nuestra esperanza.

De ellos aprendemos tres actitudes concretas: servir incluso en la debilidad, ofreciendo nuestro dolor por otros; confiar sin ver, repitiendo “Padre, en tus manos”; y permanecer cerca de Dios, haciendo de la oración un refugio diario. El sufrimiento también puede convertirse en misión y en intercesión por los demás.

En nuestras parroquias y familias, cada cama de enfermo es como un pequeño Getsemaní. Tal vez no siempre vemos curaciones espectaculares, pero sucede algo más profundo: Dios fortalece el corazón, regala serenidad y renueva la fe. A veces, el mayor milagro no es sanar el cuerpo, sino recibir paz en medio del dolor.

Los ángeles no nos enseñan a huir del sufrimiento. Nos enseñan a atravesarlo con fe y esperanza. Nos recuerdan que el dolor no es la última palabra. Porque donde hay cruz, hay ángeles. Y donde hay ángeles, Dios está cerca.