Luz para la vida consagrada en los desafíos y esperanzas de la Iglesia
Cada 2 de febrero, en la fiesta de la Presentación del Señor, la Iglesia celebra con gratitud el Día de la Vida Consagrada, recordando a quienes han respondido a la llamada de Dios con una entrega total.
En esta jornada, la figura de San Miguel Arcángel, custodio de la fidelidad a Dios, se ofrece como una luz que ilumina el sentido profundo, los desafíos y las esperanzas de la vida consagrada en la Iglesia de hoy.
El nombre de San Miguel –¡Quién como Dios!– expresa una verdad fundamental: Dios es el centro absoluto de la vida. Esta proclamación es el corazón de toda consagración. Las personas consagradas, mediante la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, anuncian con su existencia que sólo Dios basta.
En un mundo que absolutiza el poder, el tener y el placer, la vida consagrada, a ejemplo de San Miguel, está llamada a custodiar con fidelidad la primacía de Dios.
La Sagrada Escritura presenta a San Miguel como defensor del Pueblo de Dios y combatiente contra el mal (cf. Ap 12,7-9). Esta lucha no se libra con medios humanos, sino desde la obediencia confiada y la fidelidad al designio divino. Aquí se manifiesta uno de los grandes desafíos de la vida consagrada hoy: el combate espiritual cotidiano.
En una cultura marcada por el secularismo, el individualismo y la superficialidad, los consagrados están llamados a ser centinelas espirituales, hombres y mujeres de oración, discernimiento y vigilancia interior.
El papa Francisco ha advertido que una vida consagrada sin profunda vida espiritual, corre el riesgo de convertirse en activismo vacío. San Miguel recuerda que la verdadera fuerza nace de la intimidad con Dios y de la humildad que reconoce que todo es gracia. Custodiar la fidelidad no significa rigidez, sino adhesión amorosa y perseverante a la voluntad de Dios, incluso en medio de la fragilidad personal y comunitaria.
Otro desafío importante es la disminución de vocaciones y el envejecimiento de muchas comunidades. Esta realidad puede provocar incertidumbre o desánimo. Sin embargo, la figura de San Miguel invita a mirar la historia con esperanza.
En el Apocalipsis, la victoria no depende del número ni del poder visible, sino de la fidelidad a Dios. Del mismo modo, la fecundidad de la vida consagrada no se mide por criterios humanos, sino por la autenticidad evangélica con la que se vive la entrega.
San Miguel es también protector y custodio, y esta dimensión ilumina la misión de la vida consagrada en la Iglesia actual. En las periferias humanas y existenciales —entre los pobres, los enfermos, los migrantes y los excluidos— muchas personas consagradas siguen siendo presencia fiel del amor de Dios. Allí, su vida sostiene la esperanza y proclama que el mal no tiene la última palabra.En este Día de la Vida Consagrada, la Iglesia contempla a San Miguel Arcángel como custodio de la fidelidad y compañero de camino. Que su intercesión fortalezca a las personas consagradas y las ayude a seguir proclamando con su vida: ¡Quién como Dios!




