Sal y luz en medio del mundo

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“Ustedes son la sal de la tierra… Ustedes son la luz del mundo.” (Mt 5,13.14)

Después de proclamar las bienaventuranzas, Jesús dirige a sus discípulos unas palabras que comprometen profundamente: “Ustedes son la sal de la tierra” y “ustedes son la luz del mundo”. No dice que deban serlo, sino que ya lo son. Con estas palabras, el Señor confía a sus seguidores una misión concreta: dar sabor y alumbrar la vida desde dentro.

La sal no se ve, pero transforma. Basta una pequeña cantidad para cambiar el gusto de toda la comida. Así también la fe cristiana actúa muchas veces de manera silenciosa, sin ruido ni protagonismo. Cuando el creyente vive con honestidad, perdona, sirve y ama, la vida adquiere un sabor distinto. La sal pierde su fuerza cuando se mezcla sin sentido; del mismo modo, la fe se debilita cuando deja de vivirse con coherencia.

Jesús también nos llama luz. La luz no se esconde; se coloca en lo alto para iluminar. No se trata de brillar para ser admirados, sino de dejar que la luz de Dios se refleje en nuestras obras. “Que brille así su luz delante de los hombres”, dice el Señor, para que otros puedan descubrir el rostro del Padre.

El Tiempo Ordinario nos recuerda que esta misión se vive en lo cotidiano. En la familia, en el trabajo, en la comunidad, estamos llamados a ser sal y luz con gestos sencillos y constantes. No hace falta grandes discursos, sino una vida que hable por sí misma.

Pidamos al Señor la gracia de no perder el sabor del Evangelio ni esconder la luz recibida. Que nuestra vida sea testimonio creíble del amor de Dios en medio del mundo. Ánimo.

Ysis Estrella Roman.