Mary Esthefany García Batista

Hace unos días escuché al familiar de un paciente expresar su profunda indignación. Su ser querido agonizaba lentamente en una residencia, y aunque los que le atendían afirmaban que estaba en la etapa final de la vida, ella no podía aceptar que lo dejaran marchar sin el respeto y la atención que merecía. En sus palabras se percibía dolor, impotencia y una súplica silenciosa por un cuidado más humano.

El cuidado es una manifestación del amor y la compasión. No se trata solo de procedimientos médicos, sino de gestos sencillos: una palabra de consuelo, una caricia, una presencia atenta. En esos detalles se revela la verdadera humanidad. Sin embargo, vivimos tiempos en los que la prisa, el individualismo y el egoísmo nos hacen olvidar el valor del otro. Solemos repetir frases como “yo me lo guiso y me lo como”, reflejando una cultura del aislamiento y la autosuficiencia, donde la empatía parece un lujo.

La atención pastoral nos invita a estar presentes, a acompañar, a mirar al otro con ternura y respeto. La sociedad nos enseña a acumular, a tener; pero el Evangelio nos recuerda que el verdadero sentido de la vida está en ser y en amar. “Llevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.” — Gálatas 6:2

Oración: Señor, enséñanos a cuidar con amor, a estar presentes en el dolor ajeno y a reconocer tu rostro en cada persona que sufre. Amén.