Ysis Estrella Román

“Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca.” (Mt 4,17)

Con el inicio de su vida pública, Jesús proclama un mensaje claro y directo: “Conviértanse”. No es una amenaza, sino una invitación llena de esperanza. Convertirse significa cambiar de rumbo, abrir el corazón y permitir que Dios transforme la vida desde dentro. El Reino de los Cielos no es una promesa lejana; está cerca, al alcance de quienes se dejan tocar por la Palabra.

Jesús no se queda solo en el anuncio. Camina por Galilea, mira a las personas y las llama por su nombre. Al pasar junto al lago, invita a pescadores sencillos a seguirlo. Ellos dejan redes, barcas y seguridades. No tenían todas las respuestas, pero confiaron en su palabra. Así comienza el camino del discipulado: escuchando y respondiendo.

Este Evangelio nos recuerda que la fe cristiana no es estática. Seguir a Jesús implica decisiones concretas, renuncias y una nueva manera de vivir. La conversión no ocurre una sola vez; es un proceso diario que se renueva en cada gesto, en cada elección y en cada actitud del corazón.

El Tiempo Ordinario nos ofrece la oportunidad de vivir esta llamada en lo cotidiano. En el trabajo, en la familia y en las relaciones, Jesús sigue pasando y sigue llamando. Su voz no grita, pero invita con paciencia y amor.

Pidamos la gracia de escuchar al Señor y responder con generosidad. Que no tengamos miedo de dejar lo que nos ata y nos impide avanzar. Al seguir a Jesús con un corazón disponible, descubriremos que el Reino de Dios ya está actuando en nuestra vida y que su cercanía nos renueva por dentro.