Isabelita y las pistolas de hidrogel

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Sin la debida precaución, son armas disfrazadas, no inocentes juguetes. Me refiero a las pistolas de hidrogel. En vez de libros, estos artefactos están de moda entre parte de nuestra juventud. Los mozalbetes no se reúnen a leer ni a servirle a la sociedad: se congregan para disparar como locos, jurando que están en Gaza o en Ucrania.

Aunque alteran el orden público con esas andanzas, lo más triste es que ya hay heridos y uno murió tras ser confundido con un asaltante.

Les presentaré una historia real, que quizás contribuya a frenar este mal, algo que se logra, esencialmente, con educación en el hogar.

Moría la tarde del domingo. Frente al televisor, como era habitual, Manuel Miguel y su familia disfrutaban de una película de guerra, con cadáveres y sangre por doquier. Su papá, emocionado, repetía a cada momento, entre saltos y aplausos desbordados: “¡Mátalo, carajo! ¡Mátalo, carajo!”. Y el hijo reía, orgulloso.

La madre se mantenía indiferente; el bingo de la noche le importaba más que las violentas expresiones de su esposo. Ese día, el padre le había regalado al niño un uniforme de soldado, granadas artificiales y una pequeña pistola que disparaba bolitas de plástico. Ambos estaban alegres.

Luego de finalizada la película, Manuel Miguel convirtió su habitación en un improvisado campo de batalla. Esa noche no durmió, disparando sin cesar e imaginando, feliz, cómo caían los enemigos de su fantasía.  

El lunes por la mañana, al prepararse para ir al colegio, colocó su arma en la mochila, junto con varias balitas. Olvidó los libros y la merienda. Su padre lo observó y pensó: “¡Qué hijo más macho tengo!”. Mientras tanto, la madre conversaba por teléfono con la dueña del salón de belleza, preocupada por limpiar su rostro, que era lo que importaba. 

En el plantel, los estudiantes corrían alegres por el patio. Pero Manuel Miguel tenía otros planes. Buscó su pistolita, la cargó y se inspiró en todo lo que había visto el domingo. Era tiempo de actuar, de demostrar que podía ser digno de su progenitor. El niño apuntó hacia la entrada de la cantina. “Al primero que pase le dispararé”, decidió. Y mientras aguardaba, las palabras de su padre le retumbaban en la cabeza: “¡Mátalo…!”.

Y en tono áspero gritó: “¡Quieta, carajo! ¡Te dije que quieta, carajo!”. Se dirigía a Isabelita, una inteligente y hermosa niña que prometía mucho con el pincel y el canto. En ese instante salió disparada una balita de plástico que penetró su ojo izquierdo. Los médicos no pudieron hacer nada. Perdió el ojo y casi pierde la vida.