Ysis Estrella Román

Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. (Jn 1,29)

Con el inicio del Tiempo Ordinario, la liturgia nos presenta a Jesús, que comienza a manifestarse públicamente. Juan el Bautista lo señala con palabras sencillas y profundas: Este es el Cordero de Dios. No lo presenta como un líder poderoso, sino como Aquel que viene a cargar sobre sí el pecado y el dolor de la humanidad. Desde el comienzo, Jesús se revela como don y entrega.

Llamar a Jesús Cordero de Dios nos remite a la Pascua y al sacrificio, pero también a la mansedumbre y al amor que se ofrece sin violencia. Cristo no vence imponiéndose, sino amando hasta el extremo. Él no quita el pecado desde lejos, sino entrando en nuestra historia, compartiendo nuestras fragilidades y sanando desde dentro.

Este título ilumina también nuestra vida cristiana. Seguir a Jesús implica aprender su estilo: vivir con humildad, servir sin buscar protagonismo y confiar en que el amor tiene más fuerza que el mal. En cada Eucaristía repetimos estas mismas palabras antes de comulgar, recordando que Aquel que recibimos es el Cordero que se entrega por nosotros.

El Tiempo Ordinario no es un tiempo “sin importancia”. Es el tiempo donde la fe se vive en lo cotidiano: en el trabajo, en la familia, en las decisiones diarias. Reconocer a Jesús como Cordero de Dios es dejar que Él transforme nuestra manera de vivir y de relacionarnos con los demás.

Pidamos la gracia de reconocer a Cristo presente en nuestra vida y de seguirlo con un corazón sencillo. Que, al contemplarlo como Cordero de Dios, aprendamos a caminar con humildad, fe y amor, dejando que Él quite de nosotros todo lo que no nos deja vivir como hijos de Dios.