Del libro del arte de vivir e Innovar

Comparto esta breve reflexión sobre algo que –sin ser nada nuevo– siempre me ha parecido, además de sorprendente, de suma importancia. 

Me refiero a un poder del cual no todos están conscientes, y aquellos que lo están, unos lo usan para el bien y otros hasta para el mal. Se trata de lo mucho que puede nuestra conducta influir sobre otras personas. 

Una vez oí a alguien decir que no se debía hablar de seguimiento de Jesucristo sino de imitación de Jesucristo; y empleó algún tiempo explicándolo. Al escucharlo, pensé para mis adentros que ambas palabras me parecían lo mismo: el que sigue a alguien, termina imitándolo. “Dime con quién andas…”; “el que anda con cojo…” (Hay niños que andan para arriba y para abajo detrás de la abuela, y terminan caminando como la abuela…). 

Cuando yo era un adolescente (hace unos años ya…), iba caminando un día con mi padre, por un callejón muy enlodado; el pie se hundía en el lodo y hacía saltar los chorros de agua y fango. Alguien que estaba a la orilla del camino dijo: “míralo, va a ser igualito que su papá”. Se refería a que pisábamos con fuerza y saltaban los chisguetes hacia arriba. Por supuesto que me gustó que me compararan con mi padre. De él imité el modo de caminar en en lodo, pero, lo que es más importante: de él y de mi madre aprendí el camino de la vida, el camino de la fe. 

¡Qué misión tan tremenda tiene un padre y una madre! ¡Qué maravillosa oportunidad! 

Pero no solo ellos: todos, grandes y pequeños, influimos para bien o para mal sobre los demás. ¡Incluso un niño puede influir sobre otro niño (y a veces hasta sobre los adultos)! 

Así lo compartía yo con los sacerdotes de mi Diócesis, pero creo que esto vale para todos. 

Les decía que es, sin duda, una gran satisfacción para un consagrado, el poder ser instrumento de Dios para que otros encuentren su camino en el seguimiento del Señor. Frecuentemente nos encontramos con sacerdotes mayores que gozan recordando cómo Dios se sirvió de ellos para llamar a algunos a la vida consagrada. Otros, ni siquiera han tenido que esperar llegar a viejos para contarlo, pues les ha sucedido aún siendo jóvenes en su ministerio. 

En cuanto a mí puedo decirles, que Dios también me ha hecho ese regalo. No porque yo sea modelo de sacerdote, sino que, por su infinita misericordia se valió de mi humilde ministerio para animar a algunos jóvenes en el seguimiento de Él. 

Nos conviene pensar de vez en cuando lo mucho que puede impactar nuestra vida a las personas a quienes servimos. Dios se vale de nosotros para marcar, a veces profundamente, a muchas personas. 

No quiere decir que nosotros seamos siempre conscientes de ello. A menudo ni nos damos cuenta de un gesto o una palabra que dijimos y con ella se iluminó el alma de alguien que la necesitaba. Sucede como cuando uno llega cansado al final del día a alguna comunidad, y predica tal vez por obligación, sin sentir mucho lo que dice. No son pocas las ocasiones en que, al terminar la celebración, se te acerca alguien a decirte, con voz emocionada: esa palabra que usted dijo fue directamente para mí. Y uno apenas recuerda lo que predicó. 

Muchas personas conservan esa gratitud hacia nosotros, por los beneficios que Dios les ha concedido por medio nuestro. 

Pero esto mismo nos obliga a pensar con qué amor cristiano debemos servir a todos. Es cosa tremenda saber que es posible que algunas personas lleguen a maldecir a la Iglesia, y quizá hasta se aparten de Dios, a causa de nuestra mala conducta. De hecho, no faltan estos casos lamentables. 

Pero piensen ustedes, por ejemplo, cuánto bien ha hecho Dios por medio del Papa Benedicto XVI, a la Iglesia y a toda la humanidad. 

Ya se ha despedido de la Sede de Pedro, pero antes, nos dejó su Carta Apostólica Porta Fidei, con la que anunció el Año de la Fe. En ella aparece trece veces la palabra testimonio. ¿Por qué será? 

Pues por lo mismo que habíamos dicho: por el bien que puede y debe hacer a otros nuestra propia conducta. 

En el No. 15 de dicha carta nos dice: “Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.”