Pedro Domínguez

¡Soy intolerante con los intolerantes! Dedico este artículo a Claude Joseph, ex primer ministro interino haitiano, un símbolo de la intolerancia,  y a todos los que como él, aquí y allá, fomentan un rencor inexistente entre Dominicana y Haití, cuando nuestro deber es trabajar en favor de la armonía y desarrollo entre nuestros pueblos.

“Si no podemos poner fin a nuestras diferencias, contribuyamos a que el mundo sea un lugar apto para ellas”, afirmaba John Kennedy, lo que, en esencia, es respetar la forma de ser del prójimo. Eso no implica mantenernos indiferentes frente a las injusticias que cometan los demás.

Ser tolerantes es comprender que no necesariamente tenemos la verdad, aunque defendamos nuestras convicciones; es aceptar la personalidad del otro, si sus actuaciones no hacen daño; es pedir perdón cuando nos equivocamos al juzgar al hermano; es valorar al semejante por sus hechos, no por su condición.

Evitemos a los intolerantes, sin distinción. Odian y aman sin comprender los límites de esas palabras, que mal asumidas pueden ser dañinas en una sociedad manipulable y en efervescencia política.  Juran que sus ideas son las únicas correctas y punto, sus sentencias no permiten apelación y desdichado el que se  atreva a enfrentarlas, que por eso hasta su vida peligra.

Evitemos a los intolerantes políticos, a los que discuten con pasión sobre temas banales; a los que enarbolan con rabia su ideología sin apreciar las bondades de otras; a los que no ven nada bueno en el contrario, pues la razón solo la tienen ellos.

Evitemos a los intolerantes religiosos, que todo lo justifican en nombre de Dios. Nos dijo el papa Francisco que el fanatismo es un monstruo que osa decirse hijo de la religión. La religión no es fanatismo, es fe, bondad, comprensión, misericordia y servicio al prójimo. Escudarse en ella para cometer actos de barbarie es propio de cobardes.

Evitemos a los intolerantes nacionalistas, a esos que solo ven lo bueno en su terruño; que aborrecen culturas  porque las consideran inferiores; que en nombre de la raza o de una alegada superioridad, humillan, maltratan, condenan y asesinan; que promueven la saña, buscando divisiones.

Evitemos a los intolerantes que solo piensan en lo material, que justifican y provocan guerras, bombardeos y crímenes para proteger sus intereses; también alejémonos de quienes solo se alimentan con dinero, esos infelices que en sus estómagos prefieren las monedas al agua que refresca el espíritu.

En fin, evitemos a todos los intolerantes, sin limitaciones, que los hay de muchas más categorías. Reprochemos a esos radicales, poderosos o no, ateos o creyentes, educados o analfabetos, pobres o millonarios, pues sus conductas no ayudan a construir un mundo mejor.