En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David y le dijeron: “Hueso tuyo y carne tuya somos; ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú quien dirigías las entradas y salidas de Israel. Además el Señor te ha prometido: “Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel.”” Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel. (2 Samuel 5, 1-3)

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Aunque Saúl aparece como el primer rey de Israel, sociológicamente quien debe llevar ese mérito es David. Saúl no pasó de ser una especie de “líder tribal” en torno al cual se aglutinaron las tribus del Norte (Israel) para hacer frente a distintas circunstancias que demandaban la unión de fuerzas. No hubo durante su “reinado” hechos institucionales dignos de destacar. David, por su parte, comenzó siendo un líder carismático con sede de gobierno en Hebrón (Judá), por lo que en sus comienzos no tenía dominio sobre los territorios del Norte. El texto que se nos ofrece hoy da cuenta de lo que decimos. Miremos que una delegación de todas las tribus del Norte, después de la muerte de Saúl, viaja al Sur, a Hebrón, para pedir que sea su rey, tal como venía siendo considerado en Judá. A partir de ese momento, podemos hablar de una corona con dos naciones: al Norte Israel, con su capital Samaría, y al Sur Judá, con posible sede de gobierno en Hebrón.

Años más tarde, en una estrategia política de primer nivel, David conquistará Jerusalén, pequeña ciudad bien fortificada situada en la frontera entre Judá e Israel, para convertirla en la capital que permitiría la unificación del reino. Lo grandioso de la estrategia está en que la conquista con su ejército personal para que ninguna de las dos regiones se atribuyera su pertenencia. Desde entonces Jerusalén sería “la ciudad de David”. Otro acto estratégico realizado por el nuevo rey fue el traslado del Arca de la Alianza, que siempre permaneció en el Norte, a una nueva sede en Jerusalén. No es de extrañar que, a la muerte de Salomón, sucesor de David, los del reino del Norte se separaran inconformes con las políticas que se estaban llevando a cabo.

Lograr la unificación de todas las tribus, las del Norte con las del Sur, cosa que nunca sucedió con Saúl, hacen de David el referente histórico de la monarquía israelita. En adelante todos los reyes serían medidos teniéndolo a él como parámetro, tanto los de Israel como los de Judá. Pero esto no impidió que los autores bíblicos narraran el lado oscuro de su vida. Famoso es el escalofriante relato de la muerte de Urías, soldado y esposo de su vecina Betsabé, dejado en solitario en el campo de batalla por orden del soberano, para que no se enterarse del embarazo de su mujer, fruto de una relación forzada por el propio David. La condena de ese acto la recoge el narrador bíblico con palabras muy escuetas: “Aquella acción que David había hecho desagradó a Yahvé”.

Volvamos a nuestro texto de hoy. Dado que quienes van a Hebrón a rogarle a David que sea también rey de Israel son los ancianos, habría que decir alguna palabra sobre ellos. ¿Quiénes eran estos ancianos que iban en representación de todas las tribus del Norte? Lo primero que habría que decir es que se trata de un grupo que tiene autoridad. Para algunos estudiosos se trataría de la autoridad más antigua aparecida en la Biblia. Jean Louis Ska nos hace caer en la cuenta cómo en el libro del Deuteronomio, por ejemplo, actúan como jueces en algunos casos particulares, especialmente en el ámbito del derecho familiar (Dt 21,18-21; 22, 13-21; 25, 5-10). También en cuestiones de derecho penal aparecen los ancianos (Dt 19, 1-13; 21, 1-9). En estos relatos bíblicos “los ancianos aparecen como guardianes de la integridad de la familia y de la ‘tierra de Israel’, que no puede ser contaminada por sangre inocente… Podemos decir que representan una cierta concepción del derecho y de la moral pública”. En todo caso, “los ancianos forman parte de los notables más importantes de Israel”.

Son también los ancianos quienes pedirán a Samuel un rey (1Sm 8,4). No es de extrañar, por lo tanto, que sean ellos mismos quienes luego vayan a proponer a David ser su rey, un joven sediento de poder que ni corto ni perezoso se deja ungir por ellos. Esto nos muestra, además, que en esta etapa de la historia, el ideal político de los ancianos de Israel es la monarquía al “servicio” de su pueblo. Ellos son “los guardianes fieles de esta institución”.