Pautas para una comunicación efectiva en la pareja y en la familia

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(ÚLTIMA PARTE)

 

En la presente entrega continuaremos compartiendo algunas pautas que puedan ayudar a las familias y a las pa­rejas a mejorar y hacer cada vez más efectiva su comunicación.

4.- Cuidar el len­guaje corporal cuando nos comunica­mos. Esto se ha dicho mu­chas veces y de mu­chas maneras. Los seres hu­manos nos estamos co­municando en todo mo­mento. Cuando habla­mos y cuando calla­mos. Pero también con nuestros gestos. Así como suele afirmarse que “una imagen vale más que mil palabras” en comunicación también es cierto aquello de que “un gesto vale más que mil palabras”.

El error más común en este aspecto es el que se denomina “in­congruencia comunicacional”. Ocurre cuando nuestros gestos no se corresponden con nuestras palabras o, dicho de otra manera, cuando nuestros gestos traicionan nuestras palabras. Es el caso de quien nie­ga que está triste pero al propio tiempo co­mienza a llorar; quien afirma no estar enfadado pero su rostro es la viva estampa del enfado o, como suele ocu­rrir en muchas ocasio­nes, cuando alguien nos dice que no está nervio­so pero le tiemblan las manos o mueve conti­nuamente los pies con un ritual ansioso.

En estos casos la meta ha de estar centrada en alcanzar la mayor “congruencia comunicacional” posible, es decir, que nuestros ges­tos se correspondan con nuestras palabras para que nuestros interlocutores puedan saber a qué atenerse cuando están procurando co­municarse con noso­tros. Y es que, a decir verdad, en la mayoría de los casos se cumple la afirmación de que “el lenguaje corporal nos traiciona”, es decir, que suele ser más auténtico y verdadero que el len­guaje oral o escrito que no siempre transpa­renta sinceridad.

5.- Evitar el bloqueo comunicacional. Cuando nos encontra­mos enfadados, con ra­zón o sin ella, la conducta más frecuente suele ser no hablarle al otro. Este mecanismo conductual actúa como una especie de castigo mediante el cual procuramos hacer saber al otro lo mal que nos sentimos por una determinada acción negativa, real o percibida, me­diante la cual nos he­mos sentido desconsi­derados.

Es comprensible que cuando median causas atendibles, como por ejemplo violencia verbal, infidelidad, entre otras, exista, aunque de forma temporal, esa indisposición al diálogo propia de quien se siente emocio­nalmente herido, cuando no en un estado de­presivo. Pero lo que nos enseña la experiencia es que, en la mayo­ría de los casos, los seres humanos nos pe­leamos por cosas vana­les e intrascendentes que nos llevan a distanciarnos y a bloquear la comunicación. Entra en escena el “yo” y la vanidad y el orgullo nos hacen perder la sensatez y el buen criterio.

Aún en las situaciones más difíciles, lo deseable sería que el diálogo en la pareja y en la familia no sea interrumpido ni bloqueado. Cuando esto ocurre se alejan las po­sibilidades de resolver las diferencias, de libe­rarnos emocionalmen­te de la pesada carga de nuestras emociones destructivas (el odio, el rencor, la ira, la agresividad) y se pavimenta el camino para que tome fuerza el desamor, el aislamiento, la rivalidad y el desencuentro. Cuando el diálogo no fluye; cuando se estan­can las posibilidades de la escucha mutua y res­petuosa la pareja o la familia comienza a transitar por el sendero  de la disfuncionalidad.

La importancia del diálogo en la familia se ha resaltado de mil ma­neras, pero nunca será ocioso volver a reite­rarlo cuantas veces sea preciso. Los patrones negativos de comunica­ción generan malestar. Las más de las veces ese malestar, como no se verbaliza, se guarda y entonces se produce lo que en psicología de­nominamos “explosión emocional” cuando no lo que Daniel Goleman caracteriza como “asal­to emocional”. En estos casos, tantas veces ­lamentables, se pierde el control, impera la agresividad y el ser humano puede llevar a cabo acciones de las que, penosamente, y en no pocas ocasiones, tiene que arrepentirse para siempre.