Mi curiosa visita a la Feria del Libro Con lo primero que me “topeté”, al llegar a la Feria, fue “con La Cabaña del Tío Tom”

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El lunes 29 de abril, que en el país era festivo (como adelanto por el Día de los Trabaja­dores, que lo es el 1ro. de mayo), quise apro­vechar para visitar –como hago cada año- la Feria del Libro.

Y muchas y mu­chos no van a creer lo que me ocurrió durante esa visita:

Con lo primero que me “topeté”, al llegar a la Feria, fue “con La Cabaña del Tío Tom”. Amable como siempre, “el Tío” me invitó a pasar pero cortésmente rechacé su invitación porque –en verdad- an­daba un poco apresurado; debía regresar el mismo lunes a mi pue­blo debido a que, al otro día,  debía de reintegrarme al trabajo.

Aproveché y seguí avanzando y, desde donde me encontraba, alcancé a ver “El viejo y al mar”. Ay Ernest Hemingway, mi ami­go, si supieras que yo también amo a Cuba igual que usted, tanto que hasta me gustaría vivir “en Mi vieja Ha­bana de la soledad”, donde usted vivió. Pero bueno… son solos sueños, y los sueños, sueños son, según Cal­derón de la Barca, el cual tengo “Al lado mío” en estos momentos y hasta me guiña un ojo.

En mi recorrido por la XXII Feria del Libro en cada esquina –como en años anteriores- mis ojos “se topaban” con Pablo Coelho. Otros ni siquiera se daban cuenta de que él estaba ahí. Hasta con cierto desprecio lo miraban algu­nos. Una verdadera pena.

¿Es verdad que “lo esencial es invisible a los ojos”? Se lo pregunté al Principito, al que vi en varios puntos, y me respondió con un contundente ¡claro!, y me lo explicó  de esta manera: El verdadero valor de las cosas no siempre es evidente.

No más preguntas, Señor Magistrado, re­flexioné para mis adentros.

En una visita como esta resulta imposible no encontrarse con “María” en diversos puntos. En mi caso particular, esto hace que también me ree­cuentre con mis me­llizas: María Teresa y Teresa María, que están lejos pero cerca. Lejos físicamente, pero cerca en el pensa­miento.

Juro que quise que­darme un rato con María, y hasta compartir un cafecito caliente con ella ¡pero no! tenía que proseguir, ya que el tiempo apuraba.

Fue entonces cuando me encontré con Gabriel García Már­quez, El Gabo. Estaba  tirado en un rincón, amarillito, por “su amor en tiempos de cólera”. Era como si tuviera, en ese lugar, “Cien años de sole­dad”.

Hubo un momento en que, lo confieso, me asusté, pues estaba muy cerquita de  “Cró­nica de una muerte anunciada”. La suerte fue que, casi enseguida, fijé la vista para otro lado y me encontré con “El coronel no tiene quien le escriba”, y parece ser verdad, porque ni siquiera visita había recibido hasta ese momento.

En mi visita a la Feria del Libro no fue ninguna “Odisea” en­contrarme con la “Ilía­da”, pues en muchos lugares estaban.

Traté de localizar “al Profe” Bosch para que me hiciera, aunque fuera, par de “Cuentos en el exilio”. En ese mo­mento no di con él, lamentablemente.

En cambio, me en­contré, recorriendo las calles de esta Feria, con muchos “Romeo y Julieta”, no sé si con el amor “del negrito” que ambos se profesaban, pero bueno, allá ellos… verdad?

Naturalmente, así como hay gente excelente y que busca la perfección (que es el único don que la naturaleza le ha negado al ser humano) también –en esta expo– uno se topeta “con El hombre mediocre”. José Inge­nieros es difícil que se quede fuera.

En las periferias divisé sobrevolando a varias gaviotas y era que Juan Salvador estaba cerca.

Ahora es primavera y, por lo tanto, “Es tiempo de las maripo­sas”. Muchas revolo­teaban por los alrededores de la Feria.

El tiempo avanzaba y llegó la hora de la despedida. Lo hice pensando “en cómo hacerme rico” aunque ciertamente, lo confieso, amor al dinero no le tengo. Con lo elemental para sobrevivir, me conformo.

¡Hasta la próxima Feria del Libro!