El destacado escritor ruso Fyodor Dostijewski (1821-1881), en Memorias de la Casa de los Muertos, describió con sencillas palabras el infernal exilio siberiano: Aquí nadie podía sorprender y deleitar a nadie. Este es el sello del infierno. Es un mundo sin belleza, en el que no hay lugar para la admiración o el deleite. Lo contrario es con el cielo. Su centro es la belleza infinita de Dios, en quien criaturas inteligentes, ángeles y santos se enamoran a primera vista.

Y uno de estos quien se enamoró y disfrutaba, quedando encantado de la belleza de Dios es un santo hermano Albert, polaco.

En 1865, Adam Chmielowski (1845-1916), más tarde Hermano Albert y santo, quien partió con un grupo de jóvenes pintores polacos a Francia para estudiar el arte de la pintura. Todos con los que entró en contacto admitieron que este hombre modesto tenía algo que otros no tenían, por lo que la gente se aferraba a él como las abejas a la miel. Dibujaba peor que los demás, pero tenía un fantástico sentido del color. Además, estaba listo para servir con sacrificio, para brindar el consejo necesario y la capacidad de reconciliar a los que estaban en pleito. Había algo en él que conquistaba a todos. Un encanto extraordinario que brotaba de lo más profundo de su alma, donde florecía una vida religiosa cada vez más rica.

Las personas que tenían la posibilidad de un contacto personal con el artista sintieron las emanaciones de algún elemento divinas, que ellos mismos no tenían, y que hizo que Albert Adam Chmielowski despertaba confianza. Durante este período, Chmielowski, revelando un poco los secretos de su corazón sensible, publicó una obra: sobre la esencia del arte. Gracias a esta publicación, podemos conocer sus visiones contemporáneas sobre la belleza y el arte y descubrir cuál fue el centro de su amor. Resulta que existía en él un espíritu franciscano, por lo cual amaba a Dios como una belleza eterna y miraba al mundo con los mismos ojos de san Francisco. Estaba profundamente convencido de que Dios se revelaba igualmente en la fina hierba y en la grandeza de los mundos. Escribió sobre las tareas del artista: Él debe imitar a Dios mismo en su acto creativo. El amor de Dios abrió los ojos de Chmielowski para que pudiera ver más ampliamente al mundo y su rol en él. Amó a Dios con deleite, como Belleza eterna, y como artista servía a los insensibles hasta el final. A veces a contrario de los ángeles los seres humanos no vemos la belleza de Dios. Por eso creí oportuno presentar personas que si lo vieron para que nos conmuevan y sí pedir a Dios la gracia de poder disfrutar la belleza junto a los ángeles.

Padre Jan Jimmy Drabczak CSMA