por Eduardo M. Barrios, S.J

Los religiosos y religiosas expresan su consagración radical a Dios mediante la profesión de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. El más difícil de comprender y practicar es el primero:

1) POBREZA ONTOLÓGICA

      Algunos pensadores amplían tanto el concepto de pobreza hasta llegar a decir que todo ser humano es pobre. Se refieren a esa condición criatural de los humanos que los hace sentirse inseguros y pobres. Bajo ese raciocinio, todo hombre sería pobre por su contingencia, pecaminosidad, vulnerabilidad ante enfermedades y desastres naturales, y sobre todo por el insoportable peso de su mortalidad.

      Esa pobreza metafísica borraría la distinción entre ricos y pobres. Gracias a ese filosofar también los millonarios y billonarios cualificarían como pobres.

2) POBREZA COMO INDIGENCIA.

      No faltan quienes exigen a los religiosos malvivir en la pobreza de los menesterosos, la de quienes comen mal, visten mal, se alojan mal, y padecen todo tipo de privaciones. Esa pobreza extrema se ha visto en los consagrados de corte anacorético o eremítico. Quien vive solo, puede vivir heroicamente con muy poco. Pero donde surgen comunidades de consagrados, es decir, vida religiosa cenobítica, no se puede llegar a esos extremos de miseria. Las comunidades de consagrados deben contar con los recursos necesarios para que sus miembros se conserven en salud, y también para brindar formación a las jóvenes vocaciones.

3) POBREZA APOSTÓLICA

      Quienes tienen como apostolado regentear hospitales, asilos, orfelinatos, escuelas, universidades, centros de espiritualidad y parroquias, necesitan sólida base económica para poder brindar un servicio de calidad.

      Pero no tardan en llegar tentaciones a valerse de lo suntuoso capaz de ser instrumento de apostolado. Por ejemplo, no cabe duda de que se necesitan medios de transporte, pero hay automóviles modestos y lujosos. El Papa Francisco ha dado buen ejemplo en este capítulo. En el año 1930 la fábrica automotriz Mercedes Benz le obsequió al Papa Pío XI una espléndida limusina, y lo ha seguido haciendo con todos los Papas posteriores. Sin embargo, el Pontífice actual prefiere desplazarse en pequeños vehículos como el Ford Focus u otros carros de bajo calibre.

      El religioso de vida apostólica activa también debe observar la pobreza en cuanto a vivienda funcional y en cuanto a evitar lucir ropas de marcas prestigiosas. Téngase también en cuenta la sencillez en el comer; se deben bloquear de la mesa los alimentos “gourmet”, los que San Ignacio llamaba “manjares delicados” (EE. 212), y muy especialmente debe haber sobriedad con las bebidas alcohólicas, prefiriendo el agua como bebida habitual.

      El apóstol religioso tampoco debe aceptar regalos de lujo, y si los acepta por no desairar al bienhechor, debe donarlos luego a quienes no tienen voto de pobreza. El Papa Francisco subastó la impresionante motocicleta Harley Davidson que le obsequiaron, y destinó el dinero recaudado a obras de caridad.

4) POBREZA DE CLASE MEDIA BAJA U OBRERA

      Los consagrados eligen libremente un estilo de vida parecido al de la clase obrera. Esa sería la verdadera pobreza de los religiosos. Éstos deben sentirse felices con una medianía de bienes materiales, basada en la identificación con Cristo pobre. Los religiosos ejemplares no viven la pobreza como un sacrificio heroico, sino como una liberación de las esclavitudes del consumismo; no se pasan la vida suspirando por tener lo que poseen los ricos y famosos.

      Viene a la memoria aquel pobre de tiempos lejanos que entró en un gran almacén, y al contemplar tantos productos superfluos, exclamó: “Quantis non egeo!”, es decir, “¡Cuántas cosas que no necesito!”

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