Señor, el mundo entero es ante ti como grano de arena en la balanza, como gota de rocío mañanero que cae sobre la tierra. Pero te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. Y ¿cómo subsistirían las cosas, si tú no lo hubieses querido? ¿Cómo conservarían su existencia, si tú no las hubieses llamado? Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida. Todos llevan tu soplo incorruptible. Por eso, corriges poco a poco a los que caen, les recuerdas su pecado y los reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor. (Sabiduría 11, 22-12,2)

La creación ha sido posible, y se mantiene con el paso del tiempo, porque Dios la ha llamado a la existencia y la sostiene. Es importante tener en cuenta que en la Biblia no existe un tratado de teología propiamente dicho sobre Dios creador, lo que tenemos son relatos de creación; lo mismo que reflexiones de los sabios sobre la creación y su lugar con respecto al Dios creador. En el texto de hoy, por ejemplo, el autor del libro de la Sabiduría utiliza dos imágenes para hablar de la pequeñez del mundo creado frente a la grandeza de Dios: el mundo no pasa de ser “como grano de arena en la balanza” o “gota de rocío mañanero” (símbolo de lo fugaz, se evapora en seguida es tocada por los primeros rayos de sol). “El polvo o grano de arena y la gota de rocío son dos imágenes expresivas de lo poco que es el mundo en comparación de la potencia y majestad del Señor, a pesar de la inmensidad del universo en comparación de nuestra pequeñez y de su innegable belleza”. Comparado con Dios, el mundo entero es como la nada. El profeta Isaías había dicho algo parecido: “Mirad, las naciones son gotas de un cubo y valen lo que polvillo de balanza. Mirad, las islas pesan lo que un grano” (Is 40,15).

Pero Dios ama y sostiene esa “minúscula” obra salida de sus manos. Lo hace porque es “amigo de la vida”. Además, debemos recordar que en la Biblia la creación es gratuita. No es el fruto de una necesidad ni de una intención utilitarista. La grandeza del Dios creador se verifica en el amor con que llama lo que hay en el mundo a la existencia y la manera como lo sostiene. La misericordia y la bondad de Dios son el soporte donde se sostiene el libro de la vida. Cuando el hombre, centro de la creación, se ve derrumbado por el pecado, el amor de Dios lo levanta y lo vuelve a poner en su sitio. Como ha escrito J. Vilchez, destacado estudioso de la literatura sapiencial bíblica: “El amor de Dios por sus criaturas no es un amor estático, que fue una vez, o que se complace únicamente en la contemplación de su obra. El amor de Dios es actualidad que se manifiesta, se revela en acción. La permanencia de las criaturas en la existencia, la conservación de su ser multiforme, activo, misterioso es la prueba más palpable del amor de Dios en acción”.

Por otra parte, los relatos de la creación del mundo que aparecen al comienzo del libro del Génesis pretenden mostrar que el Dio de Israel es el único artesano del universo. La creación es presentada como resultado de un entretenimiento de un magnífico alfarero. El placer y la gratuidad, como en el juego, es, para la Biblia, la raíz de toda actividad en el mundo. Imaginémonos a Dios en pleno ejercicio creativo “jugando” con el barro entre sus manos, haciendo y deshaciendo la pieza que tiene en su imaginación, hasta que le quede lo mejor posible. La creación tiene una dimensión “placentera” que no debe ser olvidada. Dios crea por puro placer, no tiene otra razón que querer crear y comunicar la propia vida. Crear, creatividad, creación, ser creativo son conceptos que están emparentados no solo en su grafía, sino en su semántica más profunda: la creación es el resultado de un ejercicio creativo. Dios es como el pintor o el arquitecto que va plasmando trazos sobre una superficie virgen. Y lo hace movido solo por el amor: “Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado”.

Con respecto a esto último me viene a la mente lo escrito por san Agustín en su comentario al Evangelio de Juan: “No has tenido odio a nada de cuanto has hecho. De ningún modo hubiese querido que existieran las cosas por él odiadas ni hubieran existido las que el Omnipotente no hubiera querido, si en las mismas cosas que odia no hubiera algo que él pudiera amar. Con razón tiene odio al vicio y lo reprueba como ajeno al canon de su arte; pero ama en las mismas cosas viciosas, o su beneficio en enderezarlas, o su juicio en condenarlas. Y así Dios no tiene odio a ninguna de sus obras, porque siendo el Creador de las naturalezas, no de los vicios, odia los males que él no ha hecho”.