Pbro. Isaac García de la Cruz

Iglesia Peregrina

La Teología nos permite entrar en contacto con tantos ámbitos del análisis sobre las cosas divinas que nos concede la gran oportunidad de penetrar en la profundidad no solo de la Creación y del ser humano, sino, sobre todo, del mismo Dios.

Dios y el hombre se encuentran en la persona de Jesús (Jn 1,14), de aquí que, San Pablo haya puesto en evidencia una de las maravillas más grandes reveladas en las Sagradas Escrituras, para comprender el misterio divino, sobre todo, la Economía de la Trinidad revelada en Jesucristo; decía: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de Cruz” (Fil 2,5-9).

Kénosis-κένωσις viene del griego kenoô que significa vaciarse. El verbo llama gramaticalmente a una acción reflexiva: “vaciarse de sí mismo”. Cristo se ha “despojado”, se ha “rebajado”, se ha “anonadado”, se ha vuelto nada en su “condición de esclavo” y lo ha hecho voluntariamente, hasta tal punto que, por esa misma acción, Dios “lo levantó sobre todo y le concedió el ‘nombre-sobre-todo-nombre’” (2,9).

Esta idea no tuvo mayor relevancia en la Iglesia hasta que empezaron a surgir las grandes herejías que negaban la divinidad de Jesús y afirmaban su subordinación en relación al Padre-Dios (arrianismo) e incluso aquella que postulaba que el Verbo tenía un cuerpo solo en apariencia (docetismo). La Teología en ese momento tuvo que pasar a través de un “canal” muy estrecho y la Kénosis de San Pablo le aportó la clave a los Padres de la Iglesia: Dios, en su poder divino podía deliberadamente reservarse la posibilidad de “vaciarse de sí mismo” con su encarnación y su crucifixión, sin que los atributos divinos se vieran afectados en sus relaciones intratrinitarias. Hay que reconocer que arrianismo y docetismo se mueven actualmente entre nosotros con mil rostros diferentes, a partir de la filosofía hegeliana, para quien el sujeto kenótico, al entrar en la historia, se vuelve limitado.

Para un cristiano, siguiendo al filósofo francés Maurice Blondel, la kénosis de Jesús no eclipsa para nada la gloria de su divinidad, al contrario, la potencializa convirtiéndola en misericordia, condescendencia y amor, atributos fundamentales que nos muestran a Dios (1 Jn 4,7).

La Kénosis es la fuente de la humildad y de la mansedumbre del Hijo de Dios (Hb 5,8), también la posibilidad de llevar a feliz término su misión: Jesús se vació de sí mismo, para llenarse completamente de Dios (Lc 22,42), de quien es imagen y forma (σχημα-morphê); con su ejemplo enseñó a cada cristiano a hacer lo mismo: de su humillación (causa) pasó a la gloria (efecto); de este modo, manifestó su igualdad con Dios (homousios) y su semejanza con los hombres, porque él fue “probado en todo igual que nosotros, menos en el pecado” (Hb 4,15).

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