IGLESIA PEREGRINA

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Iglesia necesitada de purificación

Con frecuencia en­contramos textos escri­tos siglos atrás que nos parecen tan actuales como los que publica­ron los diarios en el día de ayer. De hecho, la Biblia es el mayor de los ejemplos. Sin em­bargo, no nos dejan de sorprender al mismo tiempo la actualidad de textos poéticos, litera­rios, históricos e incluso del Magisterio de la Iglesia. En estos días, mientras permanecemos atónitos por la sorprendente avalancha de noticias que nos ofrecen los medios de comuni­cación y las redes socia­les sobre hechos lamentables que salen a la luz pública donde hay invo­lucrados sacerdotes, obispos y hasta cardenales, entre plegarias y reflexión, me llegó a la memoria el número 8 de la Constitución Dogmá­tica Lumen Gentium (la luz de los pueblos), donde se habla tan be­llamente sobre Iglesia.

Este texto, innega­blemente iluminado por el Espíritu Santo, des­cribe en modo inmejo­rable, la realidad de la Iglesia.

Les comparto tres breves fragmentos de dicho número:

“Cristo, Mediador único, estableció su Iglesia santa, comuni­dad de fe, de esperanza y de caridad en este mundo como una trabazón visible, y la man­tiene constantemente, por la cual comunica a todos la verdad y la gracia. Pero la sociedad dotada de órganos jerár­quicos, y el cuerpo místico de Cristo, reunión visible y comunidad espiritual, la Iglesia ­terrestre y la Iglesia dotada de bienes celestiales, no han de consi­derarse como dos cosas, porque forman una rea­lidad compleja, constituida por un elemento humano y otro divino”.

Continúa diciendo:

“Pues mientras Cris­to, santo, inocente, in­maculado (Hebr., 7,26), no conoció el pecado (2Cor., 5,21), sino que vino sólo a expiar los pecados del pueblo (cf. Hebr., 21,7), la Iglesia, recibiendo en su propio seno a los pecadores, santa al mismo tiempo que necesitada de puri­ficación constante, bus­ca sin cesar la penitencia y la renovación”.

Como podemos ver, al Papa y a los Obispos reunidos en Concilio en noviembre del 1964, le consta y lo manifiestan como doctrina de la Iglesia, inspirada en las Sagradas Escrituras, que el Pueblo peregrino de Dios está constituido por su dimensión terres­tre y celeste, santa y, a la vez, constituida por la perenne necesidad de purificación.

De este texto, queremos resaltar dos ense­ñanzas importantísimas para el momento actual que vive el mundo, dentro del cual la Iglesia es parte.

En primer lugar, en este texto la teología católica se separa de la teología luterana. Para Martín Lutero el ser hu­mano no puede hacer nada para su salvación, debido a que está some­tido a un estado permanente de pecado que no le permite actuar con libertad. El hombre todo se lo debe a la gracia de Cristo. Sólo le resta sentarse a esperar su salvación que ya tiene ganada por el sa­crificio de Cristo en la Cruz. Por lo tanto, la Iglesia, constituida por hombres pecadores, es “santa y pecadora”.

En segundo lugar, la teología católica, cre­yendo en el libre albe­drío, confía en la volun­tad del hombre para elegir entre el bien y el mal, por lo tanto, la persona, con la gracia de Cristo, puede alejarse del pecado y, contribuir a hacer crecer la gracia de Dios en él y aportar de este modo a su salva­ción. Con esta contribución, el Magisterio se aparta de la anterior frase luterana, para proponer que la “Iglesia es santa y necesitada de purificación”.

¿Qué es lo que está pasando en la Iglesia en estos momentos? Que está necesitada de puri­ficación. ¿En algún mo­mento la Iglesia ha sido solo santa? No, la Igle­sia siempre ha necesitado la misericordia de Dios: “Aquel de ustedes que esté sin pecado, que arroje la primera pie­dra” (Jn 8,1). ¿En algún momento la Iglesia ha sido solo pecadora? No, porque la Iglesia fundada por voluntad de Jesu­cristo, el Santo, siempre ha contado con su pre­sencia: “He aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

¡Qué cosa más hermosa! Ni acusados ni acusadores. Toda la hu­manidad es débil y está inclinada hacia el pecado y, a pesar de esta realidad, en todo bautizado, crece en su inte­rior el Reino de Dios. He ahí la razón por la cual todos necesitamos como Señor y Salvador a Jesucristo. Por tal mo­tivo, tenemos que dar gracias a Dios, porque si Jesús no quiso señalar la adúltera, tampoco querrá señalar nuestros pecados, no porque no lo merezcamos, sino por su infinita misericordia.

Definitivamente, los atroces crímenes come­tidos contra inocentes requieren, sin excepción, ser purgados se­gún lo estipulado por la ley humana: “Al que escandalice a uno de estos mis pequeños que cree en mí, más le vale que le cuelguen al cue­llo una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en el fondo del mar” (Mt 18,6). Tanto la Igle­sia Universal como in­dividualmente cada cristiano, ha de permitir que sea aplicada civilmente la sanción re­querida para tales casos, sin embargo, además de las leyes civiles, a noso­tros los que seguimos a Cristo nos rige una ley superior: “No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados” (Lc 6,37).

Sirva de conclusión el tercer texto que ­orienta esta reflexión: “La Iglesia, va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la cruz y la muerte del Señor, hasta que Él venga (cf. 1 Cor., 11,26). Se vigoriza con la fuerza del Señor resucitado, para vencer con paciencia y con caridad sus propios sufrimientos y dificultades internas y externas, y descubre fielmente en el mundo el misterio de Cristo, aunque entre penumbras, hasta que al fin de los tiempos se descubra con todo esplendor”.