En aquellos días, Amalec vino y atacó a los israelitas en Rafidín. Moisés dijo a Josué: “Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec. Mañana yo estaré en pie en la cima del monte, con el bastón maravilloso de Dios en la mano.” Hizo Josué lo que le decía Moisés, y atacó a Amalec; mientras Moisés, Aarón y Jur subían a la cima del monte. Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel; mientras la tenía baja, vencía Amalec. Y, como le pesaban las manos, sus compañeros cogieron una piedra y se la pusieron debajo, para que se sentase; mientras Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así sostuvo en alto las manos hasta la puesta del sol. Josué derrotó a Amalec y a su tropa, a filo de espada. (Éxodo 17, 8-13).

La escena que se nos narra acontece en el desierto. Este puede ser visto como lugar y como tiempo. El viaje había comenzado en Ramsés, ciudad de Egipto donde los israelitas habían estado sometidos a trabajos forzados. Los acontecimientos ocurridos a lo largo del camino del desierto configuraron la identidad y autocompresión que Israel luego tuvo de sí mismo como pueblo (en el desierto construye la tienda del encuentro –especie de santuario portátil- (lo mismo que el arca donde se deposita la Ley) y tienen origen sus principales instituciones culturales: la Ley, la mayoría de sus fiestas, por ejemplo). Lo ocurrido en el desierto será luego, en muchos casos, motivo de significativas relecturas de su propia historia. Esto es muy importe, porque el desierto es una especie de “tierra de nadie”; no es de Israel y tampoco es de unos enemigos que tenga que vencer para arrebatársela. “Aquellas cosas que establecían las reglas por las que todo israelita fundaba su relación con Dios habían sido dadas en el desierto, un tiempo evocado como ideal por la estrecha relación que en aquel escenario había entre Dios e Israel” (Pablo R. Andiñach).

Además de lugar y tiempo, el desierto llegó a ser imagen del estado emocional y espiritual de personas y colectivos. Quien se adentra en él deja a tras la relativa seguridad que da la vida sedentaria y entra en una zona de peligro físico y espiritual. Dt 8, 15 lo describe como “inmenso y terrible, con serpientes y alacranes, un sequedal sin una gota de agua”. En otras partes de la Biblia aparece como morada de demonios y espíritus (Is 34, 13-14; Lc 11,24). Allí se pode a prueba el cuerpo y es tentada el alma. Pero también el desierto fue visto por algunos profetas, particularmente Oseas (2, 16-17), como tiempo de inocencia e intimidad con Dios; momento cuando brotó el amor primero.  A él acudirán muchos que a lo largo de la historia han querido sentirse cerca de Dios o han querido renovar su entrega a él, recordemos los hasidim judíos o el monaquismo cristiano. Y entre nosotros se suele llamar “tiempo de desierto” el tiempo de meditación más profunda en los retiros espirituales.

La escena bíblica que encabeza esta página forma parte de una serie de acontecimientos que muestran la total dependencia del pueblo con respecto a Dios. Tres hechos se nos narran sucesivamente: Dios les concede comida (maná y codornices), agua (que brota de la roca) e intervención divina en la victoria contra los amalecitas (nuestro relato de hoy). Este es el primer encuentro que Israel tiene con otro grupo humano que le pone resistencia en su camino por el desierto. Los amalecitas eran un pueblo nómada que vivía errante en el desierto y controlaba las rutas de caravanas desde Egipto hasta Arabia. Todos estos hechos nos muestran que la sobrevivencia de Israel en el desierto es un “prodigio” constante, un “milagro” permanente, una obra divina. Con esto se nos quiere decir que todo lo que Israel es se lo debe a su Señor. Todo lo que tiene procede de Dios y no es nada sin Él.

La imagen de Moisés orando en la cima de la montaña hasta verse exhausto, siendo sostenido por Aarón y Jur, mientras el ejército, en el valle, combate a los amalecitas, es signo de que sin Dios el pueblo no puede salir victorioso de ninguna empresa. Caigamos en la cuenta de que el narrador fija su mirada en Moisés y sus acompañantes y no en los dos ejércitos que se baten a muerte. Destaca de manera especial el hecho que cuando tiene en alto los brazos –el narrador da por supuesto que con el bastón empuñado, ¡el mismo que había utilizado para atravesar el mar!- el ejército israelita vence y cuando lo baja están siendo derrotados. Es cierto que el nombre de Dios no se menciona en el relato, pero el lector creyente lo da por supuesto. La victoria es obra de Dios.