¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? ¿Te gritaré: “Violencia”, sin que me salves? ¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas? El Señor me respondió así: “Escribe la visión, grábala en tablillas, de modo que se lea de corrido. La visión espera su momento, se acerca su término y no fallará; si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse. El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe.” (Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4)

Habacuc es uno de los llamados doce “profetas menores”. Se les llama así no porque el contenido de sus profecías sea menor que el de otros profetas, sino por la extensión, en palabras, de sus escritos. Al parecer, antes de formarse el canon definitivo de los libros sagrados estos constituían un solo “rollo”. Estamos hablando de alrededor del siglo I a.C. No sabemos nada en concreto de la persona de Habacuc. El tema central de su libro podría resumirse en menos de una línea: el problema del mal en la sociedad y en la historia humana. El comienzo de nuestro texto de hoy lo pone en evidencia: “¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? ¿Te gritaré: “Violencia”, sin que me salves? ¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas?”. ¿Hasta cuándo va a permitir Dios que la maldad y la violencia hagan estragos en la sociedad? ¿Por qué parece triunfar el malvado, mientras el hombre justo ve truncarse sus proyectos? ¿Por qué el malvado sale ileso, mientras el hombre bueno es maltratado? En fin, el problema del mal, irresoluble para la razón humana que quiere hallarle respuesta a todo.

Lo señalado anteriormente nos muestra que, como otros profetas bíblicos, Habacuc desempeñó su labor profética en un tiempo de profunda crisis para el pueblo de Judá (estamos hablando del año 600 a.C., tiempo en que el imperio babilónico amenaza fuertemente con invadir a Judá). Y también, como a tantos otros, la crisis le “traspasó el alma” y lo hizo debatirse con Dios. “Oí y se me conmovieron las entrañas…”, es una de las expresiones suyas que mejor retratan la forma visceral como vivió su misión. En él, como ocurriera también con el profeta Jeremías, lo primero es la experiencia de la realidad, la percepción de lo que sucede, el contacto con los acontecimientos, entendidos estos como aquello que toca el pensamiento y el corazón. Luego vendrá la elaboración teológica y el discurso que vehiculará el mensaje que quiere transmitir. Aunque su profecía es tan corta que apenas llena unas pocas páginas de la Biblia (tres capítulos, cuatro páginas y media en mi versión de la Biblia de Jerusalén, para ser exactos).

 El texto que encabeza esta página forma parte de una sección de su libro que podríamos titular “En debate con Dios” (Habacuc 1,2-2,4). Tal vez sea esta una de las páginas más sobrecogedora de todo el Antiguo Testamento. El profeta no solo dialoga con el mismo Dios, sino que le reclama, se le enfrenta, lo interpela audazmente: “¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches?”. El silencio de Dios, que no pocas veces se vuelve escandaloso cuando parece que el mal se impone irreversiblemente al bien. ¡Qué Dios tan desconcertante! ¿No es Él el responsable último de todo? ¿Por qué no elimina definitivamente el mal de nuestras vidas? No solo no lo hace, sino que se muestra sordo e insensible ante la maldad que pretende adueñarse el protagonismo de la historia.

Pero Dios no se queda callado y le responde (es la segunda parte de nuestro texto). “El Señor me respondió”, dice el profeta. Y Dios lo manda esperar. Le garantiza la vida del justo. El corazón ambicioso y cruel fracasará, mientras que el justo se salvará gracias a la confianza que pone en Dios. ¿Será que el tiempo de Dios no siempre coincide con nuestros tiempos? ¿Sus soluciones no se realizan a la manera humana? ¿Su plan desborda la comprensión humana? ¿Su respuesta al problema del mal es inaccesible a la razón humana? Todas estas interrogantes no son simples preguntas retóricas, retratan lo que parece haber vivido el profeta. Su fe aparece envuelta en un mal de duda, como suele ser toda fe que está en proceso de maduración. Son los mismos interrogantes que se han planteado y se siguen planteando los hombres y mujeres a lo largo de la historia. Ciertamente se queda sin una respuesta clara al problema del mal (como sucede también con nosotros hasta el día de hoy), pero ahora sabe cómo vivirlo: con la confianza puesta en Dios, quien le pide esperar y confiar en que el malvado no triunfará sobre el hombre bueno.