Monseñor Freddy Bretón Martínez • Arzobispo Metropolitano de Santiago de los Caballeros

Cuando me tocó encontrarme con él en la siguiente visita ad límina (julio 2007) y le referí mi pesar por toda esta campaña, me respondió simplemente: “Es parte de la cruz”. Le dije entonces que, aparte de la Eucaristía, orábamos diariamente por él, porque así lo aprendimos de niños. Y se alegró mu­cho.


Al iniciar la audiencia con el Santo Padre Benedic­to XVI me hice acompañar por el recién ordenado sa­cerdote José Joaquín Do­mínguez, de la Diócesis de Baní, que residía en el Cole­gio Capránica y completaba sus estudios de Derecho Canónico en la Universidad Gregoriana. El Papa lo ha­bía Ordenado el 29 de abril de ese mismo año, por lo que le di las gracias. Se alegró mucho y hasta pareció que recordaba al nuevo sa­cerdote que, siendo diácono, había asistido al Papa en alguna celebración.


El Santo Padre me preguntó luego por la marcha de la Diócesis. Le hablé del Plan de Pastoral y de otras cosas, especialmente algunas que suelo enfatizar. Al llegar a cierto punto de mi exposición me interrumpió suavemente para decirme: “¿Por eso habla Ud. en el in­forme sobre la banalización del misterio de la Iglesia?” Esto fue para mí del todo sorprendente, pues aunque sé que le entregan un breve resumen del que enviamos a secretaría, sin tener ningún papel en la mano citó literalmente algo de mi informe, cosa que no me esperaba. (¡Habría que saber cuántos obispos y otras personas re­cibe el Santo Padre!). Luego hablamos algunas cosas más, e incluso me atreví a hacerle una sugerencia.


Para la despedida de la audiencia conmigo me en­tregó un sobre blanco, y el pobre Papa alemán tuvo que reírse de las ocurrencias de este obispo caribeño. Cre­yendo que el sobre contenía una cruz pectoral muy hermosa (ya él la había entregado a los obispos de Puerto Rico), le dije: “Gracias, Santo Padre. Vi que está Usted obsequiando un pectoral muy hermoso…”. Su risa me interrumpió, mientras me decía: “El pectoral lo entrego mañana, en la audiencia del grupo; estos son los rosarios”. Y me alegré viendo que le causó tanta risa mi espontaneidad tercermundista.

En el Sínodo de la Pala­bra (Roma, octubre del 2008), lo vi casi todos los días, pues pocas veces no asistió a las sesiones, duran­te más de veinte días. Cuan­do me tocó saludarlo perso­nalmente, me refirió algo de la pasada visita ad límina. Pero el más sorprendido fue el gentiluomo que lo asistía en ese momento; al pasar yo por su lado le dije: ¡Schön­hausen! Éste abrió lo ojos de asombro, me miró y dijo algo así como “¡qué memoria!”. Y es que en la visita ad límina anterior hablé con él mientras esperábamos la hora de la audiencia con el Santo Padre; este hombre era oriundo de la parte alemana de Suiza, de un lugar que luego pasó a ser territorio de Italia. Entonces su familia, que tenía por apellido Schönhausen, lo cambió por el nombre de una plantita que abundaba en esa tie­rra, término que no es de la lengua italiana sino de un dialecto local; pero ya no re­cuerdo el nombre de la planta. En la foto de ese día, aparezco saludando al Santo Padre, y en el extremo iz­quierdo de la misma, apare­ce el gentiluomo todavía sonreído.


Este Sínodo de la Pala­bra fue, a pesar de la intensidad del trabajo, una experiencia muy importante para mí. Era la primera vez que participaba de un sínodo, y el tema de La Palabra, me era particularmente grato. Por supuesto, el que me nombraran relator de un grupo me supuso trabajo extra. Los organizadores me preguntaron si había llevado computadora. Por supuesto que no iba a cargar con eso; para escribir alguna cosa, tuvo que prestarme su laptop el Padre Isaac García, estudiante francomacorisa­no en Roma. Había unos se­cretarios para los diversos grupos lingüísticos, también estudiantes en Roma, que usaban las suyas; y nos vimos muy apurados, pues algunos de ellos tenían va­rios servicios, y no daban abasto. Y había que entregar los trabajos del grupo a horas señaladas.


Hubo dos días libres du­rante el sínodo y servían para que los relatores trabajáramos y así la secretaría pudiera tener preparado todo para la siguiente asamblea. Conocí un gran grupo de obispos y sacerdotes, pa­dres sinodales. Por supues­to, los veinte o veinticinco de mi propio grupo, entre los que estaban el Cardenal Antonio Cañizares, actual Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacra­mentos; Mons. Pierre-André Dumas, de Haití; Mons. Félix Lázaro Martínez, Obispo de Ponce, P. R.; Pa­dre Pascual Chávez, Rector Mayor de los Salesianos; Mons. Manuel De Céspe­des, de Cuba, elegido Mode­rador del grupo (por iniciativa mía); Mons. Santiago Silva Retamales, ahora Se­cretario Ejecutivo del CELAM.

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