CUERDOS Y RECUERDOS – Memorias El ambiente sano en que vivíamos

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Es sorprendente la forma tan sana en que vivíamos en ese tiempo. Había pleitecitos, es verdad (Basilio Camilo le sacó chispas a un machete, amenazando al maestrillo Ángel Castillo…). Alguna vez llegó la noticia de que un maestrillo se entusiasmó demasiado bailando con alguna joven en el vecindario… Uno de mi curso decía que otro maestrillo era homosexual. Cuando le preguntamos que cómo lo sabía, vimos que lo deducía de una simple expresión que éste había dicho. Nosotros le recriminamos que fuera tan ligero al juzgar a una persona, pero cuarenta y tantos años después tuve que darle la razón al condiscípulo. Fuera de ese caso, solo supe de otro más, y ninguno de ellos llegó al sacerdocio.

Dije que en el Seminario Menor llegamos a ser hasta 135 seminaristas. Y siendo tantos, en cinco años que pasé en San Pío X, nunca oí nada descompuesto (quizá alguno aún no bien pulido hizo un chiste un poco pi­cante…), no escuché noticias de acciones inmorales, como se esperaría de algunos jóvenes, que incluso fanfarronean, que buscan complicidad, o lo cuentan quizá sólo por la confianza que le tienen a uno. Por eso no entiendo que algunos crean que todo es corrupción generalizada en estos ambientes; hay incluso algún autor dominicano que describe, por ejemplo, actos inmorales en el Seminario Santo Tomás de Aquino.

Yo compré un libro de ese autor y tuve la mala suerte de abrirlo precisamente en donde trata ese asunto. Simplemente no entienden que se pueda vivir limpiamente. Quizá porque ladrón juzga por su condición. Yo mismo pasé siete años interno en dicho Seminario y conocí incluso los cubículos del Seminario Menor. Apenas cabía en ellos una cama pequeña una silla y una mesita adosada a la pared; no tenían puerta, sino una cortina de tela.

Ya he dicho que en San Pío X dormíamos en salones, treinta y cuarenta seminaristas, sin división alguna, con baños comunes y horarios fijos, en que hacíamos cola para bañarnos. Sólo al final de los cinco años, en los cursos avanzados, empe­zábamos a tener cierta privacidad, que en el Seminario Mayor llegaría a ser completa para el dormitorio, pues los baños seguirían siendo comunes; frente a éstos quedaba pienso que por casualidad el despacho del Di­rector Espiritual. (Algunos que no querían que él los llamara a hablar, se escondían detrás de alguien más corpulento, para pasar por el frente de su despacho sin ser vistos).

Claro, éramos seres humanos, y por más cuidado que pusieran los Formadores, alguien podría burlar la vigilancia. Pero nos proponíamos y lográbamos con la gracia de Dios vivir castamente. Y, en lo personal, fue lo mismo la infancia que los años previos al Seminario Menor, o los cinco años en éste, o los nueve siguientes de Seminario Mayor, inclu­yendo un año fuera del Seminario, en Santo Domingo, y algo más de uno en Nueva York (con Calle 42, The Village y todo lo demás).

Y yo no era el mejor seminarista del mundo, ni mucho menos. O sea, que en el país y en el mundo hubo y hay familias sanas y gente sana, por increíble que esto parezca; a pesar de instintos, que no fallan; a pesar de la vulgaridad ambiental, e incluso del difundido morbo en materia sexual, hay personas que, de hecho, se mantienen limpias con la ayuda de Dios.

Sé que esto será siempre difícil de asimilar, por lo que creo que el celibato mismo es un signo poco evidente para el común de los mortales y, sin embargo, constituye como lo enseña la Iglesia, instruida por Cristo un gran signo profético.

He repetido por ahí que me hubiera gustado ver a ciertos teólogos descollando también en el testimonio profético celibatario. Pero, volviendo a la circunstancia que dio pie a este comentario, diré que entiendo que es tarea algo difícil la de escribir un bestseller sobre la pureza, en el mundo actual.

Leí una vez que un gran escritor decía que el literato es como el buitre: ambos viven de la carroña. Aunque pienso, a este respecto, que si –por ejemplo– el excremento fuera en sí mismo literario, un escarabajo pelotero ganaría el Nobel.

En cuanto a mí, líbreme Dios de creerme mejor que los demás. Sé que no soy más que un pobre pecador, confiado en la infinita misericordia de Dios. A pesar de eso, lo que dije respecto a mi conducta en este punto es verdad, y Dios lo sabe. Sólo por su gracia pudo suceder así, y podrá suceder con todo el que ponga los medios necesarios y la confianza en Él.