La corrupción en la Administración Pública ha sido un cáncer social en nuestro país, y en otras naciones hermanas.


Hoy, algunos ven como normal que un funcionario se apropie de los bienes del Estado, olvidándose de que con esta acción están condenando a la pobreza a miles de familias que no pueden recibir los servicios básicos de salud, educación y otros con la calidad y eficiencia que merecen, porque los fondos que serían destinados a estos renglones se quedan en los bolsillos de unos cuantos.


Lo peor de esta realidad es que a través de los años hemos visto que en pocas ocasiones hay consecuencias para los culpables de las acciones dolosas que han cometido.


Nos preocupa que la falta de honradez y transparencia cuando se manejan fondos públicos, se va haciendo una cultura.


Muchos dominicanos han olvidado el ejemplo de pulcritud que nos dio el Patricio Juan Pablo Duarte, quien fue un hombre íntegro y que hizo dela política una vocación.

Esperamos que cualquier acto de corrupción que se cometa en la presente gestión gubernamental no quede impune. No permitamos que la amistad y la militancia partidaria se conviertan en cómplices de lo mal hecho.

Nos hará mucho bien hacer nuestro lo que nos dice la Doctrina Social de la Iglesia sobre este tema: “Entre las deformaciones del sistema
democrático, la corrupción política es una de las más graves, porque traiciona al mismo tiempo los principios de la moral y las normas de la justicia social; compromete el correcto funcionamiento del Estado. La corrupción distorsiona de raíz el papel de las instituciones representativas, porque las usa como terreno de intercambio político entre peticiones clientelistas y prestaciones de los gobernantes…”