Escuchad esto, los que exprimís al pobre, despojáis a los miserables, diciendo: “¿Cuándo pasará la luna nueva, para vender el trigo, y el sábado, para ofrecer el grano?” Disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo. Jura el Señor por la gloria de Jacob que no olvidará jamás vuestras acciones. (Amós 8, 4-7)

El profeta Amós, de quien están tomadas estás líneas que se nos proponen como primera lectura para la liturgia de este domingo, era oriundo de Tecoa, una pequeña aldea al sur de Belén, en el reino de Judá; pero desempeñó su ministerio profético en Israel, el Reino del Norte, a donde fue a defender la causa de los más débiles contra los poderosos comerciantes, políticos y religiosos. Su predicación no cayó bien entre los que se sentían cuestionados por su mensaje. El sacerdote Amasías, por ejemplo, le ordena regresar a su tierra: “Vete, vidente, y ponte a salvo en el país de Judá donde puedes ganarte el pan profetizando allí. Pero no vuelvas a profetizar en Betel porque aquí está el santuario del rey, el templo real” (Amós 7, 12-13). La profecía de Amós crea problema porque ataca el poder real y su santuario. Esto revela la complicidad existente entre el poder político y el religioso. Ambos poderes, en vez de unirse para hacer prevalecer el derecho y la justicia, se confabulaban contra los marginados. Las palabras demoledoras del profeta vendrían a desestabilizar la paz que disfrutaban las autoridades.

La respuesta de Amós a Amasías no se hace esperar: “Yo no soy un profeta de profesión. Yo estaba al cuidado del ganado y cultivaba higueras. Pero el Señor me hizo dejar el rebaño y me dijo: Veta a hablar de mi parte a mi pueblo Israel” (7, 14-15). Esto ocurre hacia los años 760-750 a.C. Según esta respuesta suya parece que era un hombre acomodado, que tenía muy buen trabajo en el reino de Judá, por lo que su labor profética no está motivada por la búsqueda de intereses personales. Tal como aparece en el texto que abre esta página, ha sido constituido profeta para que defienda la causa de los más desamparados. Junto a Oseas, Miqueas e Isaías forman un grupo de profetas que han venido a llamarse “profetas incendiarios”, por el tono directo y perturbador de su mensaje. Se ha llegado a decir que quien quiera conocer a un profeta solo tiene que leer a Amós. Su mensaje, a la vez que convence, estremece.

La vigorosa denuncia social y reclamo de justicia que hace Amós podría tener su contexto histórico hacia mediados del siglo VIII a. C. Para entonces en Israel o reino del Norte -(recordemos que tras la muerte de Salomón el reino de David se había divido en reino del Sur, Judá, y reino del Norte, Israel)- reinaba Jeroboán II, quien llevaba cerca de cuatro décadas en el poder. Su política internacional y económica había traído mucha prosperidad a su reino. Comercio floreciente, economía próspera y una relativa paz hacían que las autoridades se sintieran tranquilas. Además de que se habían empeñado en amarrar bien los resortes del poder político, económico, judicial y religioso. Todo estaba muy bien engranado. Pero pronto llegaría el declive. Solo la mirada profética podía vislumbrarlo. Amós fue uno de los que lograron ver que detrás de las fachadas de bonanza se ocultaba el abuso y la corrupción. Al penetrar aquella realidad de aparente bienestar observó algunos datos preocupantes: una grave crisis social, la mentira religiosa, la amenaza de la superpotencia de la época, Asiria (norte del actual Irak). Digamos algo de cada una de esas corrientes subterráneas que atravesaban la aparente calma.

La sociedad estaba divida en dos estratos bien diferenciados: ricos y pobre, poderosos y débiles, opresores y víctimas (algo de eso trata la primera lectura de hoy y hablará la de la próxima semana). El número de campesinos que se iba quedando sin tierra, por el abuso de los latifundistas y prestamistas, era alarmante. La injusticia y la corrupción estaban a la orden del día, tanto en el palacio real como en los tribunales, el mercado o en el campo; incluso llegaba hasta el templo. En cuanto a la religiosidad, se sabían el pueblo de Dios, pero habían olvidado el sentido de justicia, tan propio de la espiritualidad judía; los sacerdotes encargados de los diversos santuarios se habían vendido al sistema; proponían un Dios domesticado, puesto al servicio del sistema dominante. Y, finalmente, Asiria venía expandiéndose gracias a su política de invasión y sometimiento de los pueblos. Era aquella una sociedad incapaz de percatarse de los signos de los tiempos. Pero el profeta siempre mira más lejos y más hondo. Y no puede callar lo que ve y oye.